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Violencia, violencias y modelos de convivencia

 

Reflexiones, tras una conversación, sobre las violencias de nuestra sociedad y cómo afectan a nuestra salud mental, sobre sus causas y el papel de los modelos de convivencia que vemos en las actuaciones públicas.

Una amiga me confesaba el otro día que se había vuelto “violenta”. Ella, pacifista, mediadora en conflictos laborales, persona de consenso y dialogo, se preocupaba por su salud mental, a cuyo deterioro atribuía ese cambio en su conducta. Tuvo que describirme detalles de sus supuestas actuaciones violentas para que comenzara a creer que realmente tenía un problema. Cuando por primera vez en su vida cruzó con su coche un paso de peatones con el semáforo en rojo, se sorprendió, pero la alarma le saltó al oírse increpar a un peatón y verse sus ojos violentos en el espejo retrovisor. Repasamos juntas los aspectos de su vida que podían estar produciéndole estrés o creándole un estado de irritabilidad que la hiciera responder agresivamente ante estímulos que antes no la afectaban. En ese repaso, que comenzó con un café a media tarde y acabó de madrugada con depresión compartida, encontramos que sufríamos de lo mismo, éramos víctimas de una sociedad violenta, agresiva, dura, en las que las personas son -¡somos!- cada vez más duras, agresivas, violentas.

La violencia o las violencias aumentan en todos los lugares donde convivimos los seres humanos: en la calle, escuelas, trabajo, hogares... Le damos diferentes nombres según donde o cómo se manifieste: doméstica, de género, vandalismo, delincuencia, terrorismo, tortura, guerra. Para algunas, ni siquiera tenemos todavía un nombre en castellano: “mobbing” en el trabajo o “bulling” en los centros educativos. Las noticias de los medios de comunicación se parecen cada vez más a la más terrorífica película de ciencia ficción, en la que las relaciones humanas son peores que las de los peores animales depredadores.

Y no sabemos nada de cuales son las causas, de si son comunes a todas las violencias o son diferentes para cada una ellas, y por lo tanto, no sabemos cómo curarlas ni prevenirlas. Algunas investigaciones apuntan a que hay raíces comunes y que existen, por ejemplo, familias en las que se acumulan casos de suicidio, muertes por accidentes de tráfico y violencia familiar. También está el sentido común, y comentábamos mi amiga y yo, que vemos situaciones que son claramente perjudiciales para la convivencia pacifica. Una reciente, que ambas habíamos observado y nos había sorprendido, era el hecho de que manifestar en política que se defiende el talante dialogante, se convierta en motivo de burla y descalificación por parte de otros partidos políticos y de los medios de comunicación. Preocupante ¿no? Porque ¿cual es entonces la alternativa supuestamente aceptable y creíble para esos sectores de nuestra sociedad? ¿Qué están transmitiendo a quienes los escuchan?

Están los asesinatos y torturas como manifestación máxima de la acción brutal, pero también las actitudes públicas de enfrentamiento sistemático por intereses particulares son insanas. No se puede demostrar que esos modelos públicos de resolver con broncas las diferencias, sean una de las causas de las violencias, pero es evidente que no proporcionan modelos de convivencia pacifica. ¿Cómo podemos decir a la gente joven que dialoguen, mientras ven que el mundo adulto se relaciona mediante insultos, descalificaciones y agresiones? ¿Qué manera de entender el poder se puede desarrollar observando cómo se pisotean los derechos humanos de millones de personas para el beneficio económico y político de unos pocos?.

Las consecuencias de las violencias son compartidas, pero también la responsabilidad que asumimos cuando miramos para otro lado y no queremos ver lo que sucede, porque duele. Pero la alternativa es enfermarnos, participar de la locura.

Un consejo de salud: Si te saltas un semáforo en rojo o insultas a otra persona, preocúpate, coméntalo con alguien y piensa qué puedes hacer.

Concha Colomer Revuelta.
e-leusis.net

 

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