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El Refugio de Esjo

Mobbing
Acoso psicológico

 
 


"Mobbing" (Relato)
Toti Martínez de Lezea - Escritora

 

Pablo llegó a su casa como todos los días a eso de las siete de la tarde después del trabajo.

Era un hombre de costumbres metódicas, sin extravagancias dignas de mención, de gustos sencillos, que apreciaba una buena mesa y mejor sobremesa; marido y padre cariñoso, yerno afectuoso y buen compañero de trabajo a decir de todos los que desde hacía más de veinte años trabajaban a su lado.

Nunca protestaba aunque se viera obligado a realizar trabajos que otros no querían; aguantaba estoicamente las bromas, a veces pesadas, de algunos compañeros y soportaba como cualquiera, según decía él, el trato displicente del encargado del taller, quien, por cualquier motivo, no dejaba de llamarle inútil y otras lindezas por el estilo.

Con un sueldo modesto y algo más, aportado por el trabajo de su mujer en una guardería, su mayor satisfacción era la de no deber un duro al banco y poder disfrutar de vez en cuando de una partida de cartas en compañía de sus amigos.

Ese era el mundo de Pablo, un hombre normal, corriente, que únicamente aspiraba a pasar por la vida sin sobresaltos y tenía el íntimo deseo de ver a su hijo, un joven quinceañero, convertido en universitario.

Aquel día, al entrar en su casa, constató que no había nadie.

Su mujer le había dicho que iría a visitar a su madre y el chaval había comentado algo sobre un curso de informática organizado por el ayuntamiento después de las clases.

Entró en la cocina, se sirvió un vaso de vino acompañado de un poco de pan y queso y echó una ojeada al periódico; después recorrió el piso, habitación por habitación, comprobando que todo estaba en orden; se detuvo ante el retrato del día de su boda colgado en una pared del dormitorio y sonrió.

Entró luego en el cuarto de baño y abrió el grifo de la bañera, comprobando que el agua salía caliente.

Observó paciente cómo ésta iba poco a poco subiendo de nivel hasta llegar a dos palmos del rebosadero, cerró el grifo, se desnudó, dejó sus prendas en el cesto de la ropa sucia y se metió en la bañera.

Una sensación de bienestar se apoderó de todos sus sentidos y permaneció quieto, con los ojos cerrados, durante un buen rato. Después, cogió la cuchilla de afeitar y se abrió las venas.

* * *

El mobbing, el acoso laboral, es una plaga silenciosa y silenciada arraigada en nuestra sociedad desde siempre.

El maltrato psíquico a las personas no es algo que acabe de nacer.

El ser humano tiene muchas virtudes, pero también un buen número de defectos que ni siquiera se consideran como tales.

La prepotencia, desprecio, abuso, denigración, despotismo de unas personas hacia otras no sólo se da en el mundo laboral, también se encuentra en la sociedad, en la familia, en la escuela.

El niño humillado durante la etapa escolar por sus maestros, dominado por compañeros más fuertes, sufre profundas heridas que marcan su carácter y su futuro; al igual que les ocurre a la mujer o al hombre que soportan a diario en su entorno familiar referencias a su poca valía, comparaciones y desaires. La sociedad ha considerado naturales dichos comportamientos cuando no lo son en absoluto.

El respeto es un derecho de todo ser humano, sea cual sera su carácter, su físico, su procedencia o su educación. Nadie es superior por el hecho de ser más fuerte, más rico, más culto o tener un puesto de trabajo por encima de los demás.

El mobbing tiene, además, un agravante que lo hace aún más inaceptable.

Es la prepotencia del jefe hacia el subalterno, obligado a soportar una situación cruel e injusta para mantener su puesto de trabajo. O acepta el abuso moral sobre su dignidad o se va a la calle.

Todas las personas, incluso las más tímidas y apocadas, sufren cuando sus derechos son conculcados y este sufrimiento puede llegar a convertirse en tortura en el caso del acoso laboral.

Algunas reaccionan enfrentándose o haciendo uso de la violencia, otras tienen la fuerza suficiente y la posibilidad de marcharse dando un portazo, pero la mayoría acepta la situación porque no le queda más remedio, oculta a sus próximos su angustia y humillación, sufre trastornos psíquicos o físicos que los tratamientos médicos no pueden aliviar y ven su vida destrozada por la incomprensión de una sociedad que no entiende o no quiere entender el problema.

La justicia atañe por igual a todos los ciudadanos y ya va siendo hora de que todos tomemos conciencia de ella y los causantes de tantas situaciones límites, aquellos que carecen de humanidad, se vean ante los tribunales para dar cuenta de sus actos.


(*) Este texto es una contribución de la autora a la campaña de sensibilización de la Asociación Vasca contra el Acoso Laboral (AVAL)

http://www.gara.net

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