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El quo;bullying»e como ignorado
Matonismo Escolar

 

Insultos, empujones, patadas e incluso amenazas con armas y objetos peligrosos es el trato habitual que muchos alumnos reciben a diario por parte de sus compañeros de clase, sobre todo en las etapas de Educación Secundaria. Esta clase de «matonismo» escolar se conoce internacionalmente como «bullying», un anglicismo que designa un problema tan grave como ignorado. En general, este tipo de conductas pasan bastante desapercibidas para profesores, padres y madres de los alumnos, tanto si son agresores como víctimas, lo que todavía agrava más el problema.

El bullying (toro) es un término inglés aceptado en todos los países, para el que no existe una palabra castellana que lo defina literalmente. La que más se podría acercar es «matonismo», pero como se trata de una traducción no adecuada, se utiliza «intimidación», «maltrato», «acoso» y «abuso». Es, en definitiva, el poder que unos alumnos ejercen sobre otros en determinadas etapas educativas, y que produce una victimización sicológica.

En principio, el bullying no parece un problema demasiado grave, pero la realidad demuestra que en ocasiones puede degenerar en tragedias. De hecho, este anglicismo comenzó a tomar fuerza en los años 70 a través de un investigador de una universidad noruega, quien empezó a tomarse en serio el asunto cuando dos alumnos suyos se suicidaron porque no podían soportar la presión y la victimización a la que estaban siendo sometidos por varios de sus compañeros.

Sus estudios se ampliaron más tarde en Gran Bretaña y otros países europeos, así como en Australia, Canadá, Nueva Zelanda y Japón, principalmente. En todos estos países se han realizado diversas investigaciones para determinar la incidencia de este tipo de agresión, y se llegó a la conclusión de que se trata de un serio problema en el ámbito educativo.

Agresión verbal, física y social

En el Estado español la única investigación que abarcó la totalidad del territorio fue la realizada por el Defensor del Pueblo en el año 1999, investigación que arroja los mismos índices de victimización y de agresión que en otros estados europeos.

En un ámbito más reducido, uno de los investigadores que más energías ha dedicado a este fenómeno en el Estado español es José María Avilés Martínez, licenciado en Sicología y profesor de Educación Secundaria Obligatoria en Valladolid, labor a la que ha dedicado 20 de sus 43 años.

Este profesor, que acudió recientemente a la capital navarra para impartir una conferencia organizada por STEE-EILAS, ha realizado una investigación para trata de «medir» este tipo de acoso entre alumnos de la ESO y determinar en qué lugares se produce, con qué intensidad y qué formas adquiere.

A su juicio, existen tres tipos de intimidación. La forma más habitual es la de tipo verbal, como insultos y motes despectivos. Un segundo tipo de acoso es de tipo físico, que consiste en dar patadas o empujones a los compañeros de aula, e incluso amenazarles con armas u otros objetos peligrosos. Por último, existe el maltrato de tipo social, que consiste en el rechazo hacia un alumno o alumnos o en su aislamiento dentro de un grupo, sin descartar otro tipo de intimidaciones como los desprecios o las ridiculizaciones.

«Los tres tipos de intimidación o de acoso tienen un componente de maltrato sicológico importante, que está latente en todos y cada uno de ellos. Si este acoso se mantiene en el tiempo y de forma repetida, al final produce lo que se llama victimización sicológica», advierte José María Avilés.

Esta victimización provoca en el alumno que la sufre estados de ansiedad y caída de su autoestima, lo cual puede conllevar otros problemas asociados a su desarrollo educativo.

«Estos alumnos que son víctimas del acoso de sus compañeros suelen tener problemas en el ámbito escolar, principalmente de aprendizaje. Si la intimidación persiste durante mucho tiempo, estos chicos suelen obtener malos resultados académicos y conductas de aislamiento social, e incluso ­agrega Avilés­ suelen mostrar rechazo a lo que es el propio sistema escolar, porque no quieren verse involucrados de manera sistemática en acosos de este tipo».

Según las investigaciones que ha realizado este sicólogo, los agresores «suelen ser en principio sujetos bastante seguros, que tienen un nivel de autoestima bastante alto y que tratan de imponerse a algunos de sus compañeros».

«Hemos comprobado que existe un desequilibrio de poder entre el agresor y la víctima, ya que el primero trata de imponer de alguna manera su criterio. También se ha constatado que siempre suelen ser los mismos agresores los que agreden a las mismas víctimas ­remarca­, lo cual provoca una prolongación del acoso en el tiempo que da lugar a esa victimización».

Importancia del clima familiar

A este respecto, los investigadores de este fenómeno han determinado de forma casi unánime que las circunstancias que realmente provocan que un alumno termine adquiriendo un perfil de agresor se encuentra fuera de lo que es el ámbito escolar.

En concreto, consideran que las agresiones por parte de estos alumnos tienen que ver con el clima familiar y con el trato que han recibido en edades tempranas, cuando sólo eran unos niños. Por eso, los expertos conceden una gran importancia al ambiente que existe dentro del ámbito familiar, a la emotividad y afectividad que padres y madres han tenido hacia sus hijos.

Otro factor importante que apuntan los investigadores es si en el seno familiar existe o no permisividad hacia la conducta agresiva, es decir, si existen malos tratos en el ámbito familiar. En el supuesto de que así sea, se tiene la certeza de que en un futuro el chico terminará también ejerciendo esos malos tratos y conductas agresivas que ha vivido en su hogar.

En la misma línea, los diversos autores señalan como otro factor importante, dentro del propio ámbito familiar, los métodos que los padres y madres utilizan para afirmar su autoridad en el hogar.

Es decir, si los padres recurren a la violencia para imponer su criterio a los hijos, éstos terminan aprendiendo que esa es la manera de afirmar la autoridad y la terminan imponiendo en sus relaciones sociales con sus compañeros de juegos o de estudios.

En lo que se refiere a las víctimas, los diversos estudios han demostrado que no existen motivaciones externas para sufrir este tipo de acoso o intimidación escolar. En definitiva, las causas para que un alumno se convierta en víctima no tienen que ver con el hecho de que sea gordo, pelirrojo o lleve gafas, ni por manifestar algún tipo de diferencia respecto a sus compañeros.

El principal denominador común de las víctimas es que suelen ser personas inseguras, con una baja autoestima, y que son incapaces de salir de la situación que padecen.

A sus bajas habilidades sociales para relacionarse con los demás compañeros de clase, se une el hecho de que estos alumnos suelen estar rechazados dentro del grupo o aislados. Por ello, la mayor dificultad a la que se enfrentan es la imposibilidad personal de salir de esa situación, ya que no disponen de herramientas sicológicas y sociales que les permitan hacer frente a la misma.

Disminuye con la edad

Los investigadores también han demostrado que la intimidación en las aulas disminuye conforme avanza la edad de los alumnos, y que se suelen producir mayores niveles de acoso cuando se producen cambios en el contexto escolar, cuando se pasa de unos cursos a otros.

Los estudios realizados en los diversos países han puesto de manifiesto que las situaciones de intimidación entre alumnos ya se dan durante la Educación Primaria, pero se incrementan de forma notoria cuando se produce el salto a los institutos.

Una de las explicaciones que dan los investigadores es que los cambios de grupos que se producen con el cambio de centro o de nivel escolar favorece este tipo de situaciones.

Las edades en que es más fuerte este acoso es a los 12, 13 y 14 años, y va disminuyendo conforme los alumnos van adquiriendo una mayor madurez. «El nivel de agresión y de victimización desciende con la edad y con el nivel de escolarización», constata Avilés.


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Las víctimas suelen ser chicos, salvo en Japón


En casi todos los países donde se ha estudiado el fenómeno del bullyng se ha demostrado que en los centros escolares es mucho mayor el número de agresores y de víctimas entre los chicos que entre las chicas, con la curiosa excepción de Japón, donde las agresiones siguen siendo ejercidas de forma mayoritaria por los alumnos, pero las agredidas son las alumnas.

En los países europeos, así como en Australia, Canadá y Nueva Zelanda, se dan más casos de agresión y victimización entre chicos, mientras que en el país nipón son más chicos los que agreden pero dirigen sus acciones contra sus compañeras.

Esta variante del género también ha sido estudiada en el Estado español por José María Avilés, quien ha llegado a la conclusión de que en la actualidad no existen «diferencias significativas» entre ambos sexos. «Los índices de victimización y de agresión cada vez se igualan más entre un género y otro», afirma este sicólogo a la vista de sus propias investigaciones.

A su juicio, la relación entre agresión y género es una variable cultural, y tradicionalmente se ha dado más entre chicos que entre chicas por el tipo de educación que han recibido. «Eso se explica porque los modelos de masculinidad relacionados con la conducta competitiva, agresiva, han estado más fomentados entre los chicos que entre las chicas», constata.

Al margen de que los agresores y las víctimas sean de uno u otro sexo, este profesor ha demostrado que, en general, este tipo de conductas pasan «bastante desapercibidas» para las personas adultas que trabajan en los centros escolares.

«En el ámbito educativo estas agresiones son totalmente inaceptables y los adultos deben de intervenir para que no ocurran», recomienda este sicólogo después de dos décadas de experiencia en los centros de enseñanza.

Gara 26.12.2001
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