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Acoso escolar en EE UU: una década por delante

 

AITOR IBARROLA-ARMENDÁRIZ/PROFESOR DE LA UNIVERSIDAD DE DEUSTO. INVESTIGADOR EN PITTSBURGH (PENSILVANIA)

Parece mentira pero ya estamos más cerca del fin de un curso escolar cuyo inicio se vio conmocionado por la noticia del suicidio del adolescente Jokin Ceberio en Hondarribia. Como casi siempre ocurre -tristemente- con este tipo de sucesos, las reacciones personales e institucionales difícilmente sobrepasaron el umbral de los tres meses posteriores. La lógica y la experiencia nos dicen, sin embargo, que asuntos como el abuso entre iguales en el contexto escolar sólo tienen visos de solución desde un constante seguimiento y una implicación sostenida de los grupos humanos que sobre él tienen cierta incidencia. Al menos tal parece la conclusión a la que han llegado los estudiosos del 'bullying' al otro lado del Atlántico, que trabajan intensamente sobre el mismo desde finales de la década de los 80.

El objetivo fundamental de esta colaboración es poner a padres y educadores al tanto de algunas medidas y programas desarrollados en EE UU para combatir este fenómeno. Desde hace poco más de una década, la mayoría de los centros han elaborado sus propias iniciativas de control y erradicación de actitudes 'abusonas' y de acoso entre los escolares, especialmente en Primaria (de 1º a 8º curso). Los resultados, según los especialistas, han sido en la mayoría de los casos sobresalientes. Así, puede que una sucinta revisión de algunas de estas medidas suponga un pequeño grano de arena para determinar cómo abordar este asunto en nuestras escuelas.

Quizá tuviera sentido comenzar con una experiencia personal. Algo que nos sorprende a los foráneos es la calma y la ausencia de conflictos entre los más jóvenes en los patios de colegio y parques públicos. Es cierto que en estos lugares nunca falta la presencia de algún adulto (profesor o padre-supervisor) atento a la menor chispa que pudiera desatar un altercado. Sin embargo, estas intervenciones no son casi nunca necesarias ya que niños y adolescentes parecen haber asumido con naturalidad unas 'reglas del juego' a las que los extranjeros no estamos habituados. Los más mayores no echan a los peques de las canchas deportivas; ni se observa la formación de grupos dominantes por razones de clase, raza o sexo; ni siquiera se ve a jóvenes segregados por falta de aptitudes sociales o debilidad.

Naturalmente, sería iluso suponer que la chavalería estadounidense es menos agresiva y vociferante que la de cualquier otra parte del mundo. El enigma empieza a disiparse cuando uno visita por primera vez cualquier centro -público o privado- y el primer lema con que se topa es: «Bullying will not be tolerated under any circumstances» (Los abusos/acosos no serán tolerados bajo ninguna circunstancia). Estos 'recordatorios' se ven casi siempre acompañados por trabajos de los alumnos -dibujos, testimonios, poemas- que tienen relación con el asunto. Aunque es a los más jóvenes a los que estos mensajes van dirigidos, no faltan indicaciones que recuerdan que es deber de padres y educadores informar y tomar medidas al menor indicio de un abuso. Como algunas de las publicaciones más recientes sobre el tema (Berenstain 1993, Lawson 1994, Olweus et al. 1999) han demostrado, difícilmente se puede luchar contra este fenómeno sin una colaboración activa del alumnado, padres y trabajadores de los centros. Se trata de acabar con la 'ley del silencio'.

Las dos directoras de centro con las que he mantenido entrevistas coincidieron en señalar que, desde mediados de los 90, todos los colegios se han preocupado por elaborar programas propios para combatir el problema. Aunque los programas se centran en la 'Middle School' (6º a 8º, de los 11 a los 14 años), prácticamente todos los niveles reciben algún tipo de cursillo o taller -abierto también a padres- que sirven para concienciarles de los perjuicios ocasionados y animarles a participar en los programas. Es habitual, por otro lado, que al principio de curso se distribuyan folletos detallando la política concreta del centro con respecto al 'bullying'. Cada colegio suele contar asimismo con un comité (director, psicólogo y representantes de padres y profesores) que se reúne una vez al mes para considerar y resolver, entre otros asuntos, los posibles abusos que se hayan podido dar durante ese periodo. Por último, todos los centros deben remitir un informe de incidencias ya sea al Departamento de Educación del Estado o, si se trata de uno religioso, a la diócesis u otro órgano de gobierno. Todo ello con idea de que los alumnos perciban el colegio como un entorno protector donde nunca se van a sentir acosados o excluidos.

Directores, profesorado y asociaciones de padres están de acuerdo en señalar que los niveles de abuso no dependen tanto del tipo de centro como de las reglas establecidas por el mismo. Determinados barrios y comunidades pueden parecer más proclives a generar problemas, pero no es menos cierto que el establecimiento de unas medidas claras y contundentes suele resultar suficientemente disuasorio. Una observación en la que casi todos los entrevistados coinciden es la de que no se deben establecer diferencias entre los diversos tipos de acosos/abusos: físico (agredir físicamente a una persona o sus pertenencias), emocional (para debilitar su autoestima) o social (intentando excluirle al dañar su imagen frente al grupo). El que el acoso sea verbal o físico, por acción u omisión o tenga lugar dentro o fuera de clase son entendidos como aspectos circunstanciales que no deberían afectar a las medidas y al castigo impuesto.

A pesar de la notable heterogeneidad entre los programas de diferentes centros -quién no ha visto alguna película norteamericana con un guarda armado a la puerta del colegio o profesores que ejercen más de 'policías' que de educadores?-, se podría hablar de unos patrones comunes a la hora de intentar prevenir e intervenir en el 'bullying'. Por lo general, los alumnos son avisados de que conductas abusivas serán penalizadas de la siguiente forma: 1ª falta: informarle de la misma y explicarle por qué es inaceptable; 2ª falta: pérdida de derechos de recreo u otras actividades lúdicas y rellenar formulario; 3ª falta: pérdida de otros derechos, permanecer en el centro tras las horas de clase y rellenar formulario más completo, firmado por padre y tutor; 4ª falta: reunión con director, profesor y padres para implementar un plan de comportamiento individualizado, el alumno estará a prueba un tiempo. En los casos en que estas medidas no fuesen efectivas, el centro puede expulsar temporal o definitivamente al alumno. La idea no es amenazar a los jóvenes sino hacerles conscientes del daño que pueden estar causando.

Los formularios, por ejemplo, suelen llevar como encabezamiento frases como: 'Reflexiona sobre el tema' o 'Contrato anti-acoso escolar'. Las preguntas persiguen conseguir que el estudiante reconozca lo inapropiado y dañino de su comportamiento e intente corregirlo: '¿Qué he hecho? ¿Por qué se considera un abuso? ¿Cómo se ha sentido la persona a la que he ofendido? ¿Cómo debería haber actuado? ¿Cómo me comportaré la próxima vez? ¿Hay alguna forma en que pueda hacer que mi víctima se sienta mejor?' En apariencia son preguntas sencillas, pero a la vez cruciales para que los más jóvenes se familiaricen con lo que son conductas inaceptables y sean capaces de meterse en la piel de la víctima. Incluso aún más efectivos que estos formularios hay en el mercado toda una serie de juegos y actividades orientados a que los niños desarrollen actitudes respetuosas y tolerantes hacia los compañeros desde sus primeras experiencias en la escuela (Ver www.hazelden.org).

Evidentemente el tema merecería un desarrollo más amplio y profundo pero espero que se entienda como una mínima aportación al debate. Dos puntos importantes para poner fin a esta rápida revisión. Según la mayoría de los especialistas (Kolbert 2001), aunque es importante implementar programas del tipo de los descritos anteriormente, lo esencial es actuar de forma rápida y eficaz cuando haya la menor sospecha de un abuso. Tanto la víctima como el acosador deben ser entrevistados individualmente y puestos al tanto de que el asunto preocupa mucho a educadores y padres. Cualquier demora puede interpretarse como falta de interés por parte de los adultos. Asimismo, profesores de cursos superiores, como Mash Meyers, aseguran que en Secondary School (a partir de los 14 años) los adolescentes ya no requieren de una supervisión tan estrecha, pues ya se les supone una mejor comprensión del fenómeno y un conocimiento de sus indeseables efectos. No fue éste el caso de los compañeros de Jokin, quienes, probablemente, nunca contaron con el control y el consejo imprescindibles para darse cuenta de la gravedad de sus comportamientos.


Fuente: http://servicios.elcorreodigital.com
18 de mayo de 2005
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