|
Una niña de 14 años decidió poner fin a su vida tras ser acusada por sus compañeros de consumir cocaína en clase.
Era una de las estudiantes más aventajadas de la clase, tenía grandes amigas en el colegio y le gustaba a muchos de sus compañeros. El pasado mes de octubre, cuatro chicas de su curso fueron al despacho de la directora del colegio concertado en el que estudiaba para comunicarle que Paula consumía cocaína en las aulas y vendía dosis por 120 euros. El centro contactó con la familia de la menor, que ahora tiene 14 años, para alertar de la situación. A partir de ese momento, comenzaron a circular todo tipo de rumores que, poco a poco, fueron destrozandola.
Empezó a tener pesadillas y a no poder controlar las lágrimas. Durante meses, su caso fue el comentario de todo el colegio. Llegó, incluso, a hacerse análisis clínicos para demostrar que nunca había consumido drogas, pero de poco sirvió. Las burlas y los chismes se propagaban sin freno. En su interior algo fue cambiando. «Se le acumuló la rabia», dice su madre.
El pasado diez de mayo, salió de casa con la mente en blanco. Cogió una caja de valium y se encerró con ella en el baño. Se tomó una a una todas las pastillas, hasta que una amiga la sorprendió. «Intenté matarme porque no podía aguantar el dolor. Si no me creían, yo quería quitarme de en medio», afirma Paula con una frialdad que corta la respiración. Los médicos llegaron a tiempo.
Cuando su madre llegó a la consulta, no sabía lo que había sucedido. «Yo veía que ella lloraba, así que yo lloraba también. Me dijo que lo único que quería era dormir para no pensar en nada, que por eso lo había hecho». Desde ese día, su familia siente vértigo, pese a que Paula trata de tranquilizarles. «De lo único que me arrepiento es de haberme hecho daño a mí misma y a mi familia. Sólo soy capaz de ver el daño que me han hecho, así que me es imposible pensar en las cosas buenas que tiene la vida».
Reclama «justicia» por encima de todas las cosas. «No me vale que el juez me diga que las que me han hecho esto son menores. Yo también soy menor y, encima, no tengo ninguna culpa». Su único objetivo ahora es conseguir «que todo esto se aclare y que mi vida vuelva a ser como antes». Pero el de Paula no es el único caso de acoso escolar registrado en Gijón en los últimos meses.
«No podía dormir»
Para Sara ir al instituto se ha convertido en una rutina casi insoportable, pero quiere terminar sus estudios para ser abogada. «Hay muchas injusticias por ahí», dice.
Todo comenzó el curso pasado, en un instituto público de la ciudad. Algunas niñas de su clase comenzaron a llamarle lesbiana porque no salía con chicos, a burlarse de algunos aspectos de su cuerpo, a lanzarle insultos por los pasillos, a hacer corrillos, a retirarle la palabra, a ridiculizarla por estar rellenita y a enviarle todo tipo de mensajes intimidatorios. El último de ellos decía así: «Espero que te violen en el camino a casa porque eres una hija de puta».
Su madre lo llevó a la comisaría de Policía para poner una denuncia. «Tenía que hacer algo, porque la chiquilla no podía comer ni dormir. Le dije que estuviera tranquila, que las cosas se iban a arreglar». Se equivocó. Cuando la clase se enteró de que su familia había hablado con los profesores, las cosas se calmaron. Sara pensó que su pesadilla había terminado, pero las burlas volvieron a producirse. «Prefiero morirme antes que volver al instituto», le dijo a su madre. Lleva más de un año en tratamiento y ha cambiado dos veces de centro.

Fuente: http://www.elcomerciodigital.com
22 de mayo de 2005
|