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Mi objetivo fundamental va a ser convencerles, aunque posiblemente ya lo estén, de que
debemos incorporar actividades que favorezcan la convivencia y la resolución amigable de
conflictos en el ámbito escolar, y que estas actividades necesariamente tienen que relacionarse
con la educación en sentimientos y la educación en valores. Voy a intentar ilustrarles que cuando
intentamos dar salida a un conflicto ponemos en juego los mecanismos de regulación emocional
y que, por tanto, es fundamental incorporar actividades de educación en sentimientos para
afianzar las estrategias de solución de conflictos negociada y cooperativa.
Primeramente describiré de manera sencilla cómo entiendo la convivencia, los conflictos,
y las emociones y sentimientos. Seguidamente reflexionaré sobre la estrecha vinculación
existente entre resolución de conflictos y regulación emocional. Por último, intentaré sugerirles
algunos contenidos sobre educación en sentimientos que serían fundamentales y deberían
incorporarse en los programas de intervención que se aplican en el ámbito escolar. Al abordar
estos aspectos me situaré en una perspectiva psicológica.
Convivencia.
Los humanos, desde el momento de nacer, pertenecemos a varios grupos (familia,
vecindario, pandilla, empresa, sindicato, club deportico, etc.) y la opinión que los demás tienen
de nosotros es fundamental para nuestro afianzamiento y realización personal. Las relaciones
interpersonales son consustanciales a nuestra existencia y a nuestro modo de vivir. Nuestras
actitudes, valores, objetivos, metas, compromisos, etc. generalmente son compartidas con
nuestros compañeros de grupo. Además, en cada colectivo, nos damos a nosotros mismos unas
normas de actuación, explícita o implícitamente, que ayudan a reglar nuestras interacciones
personales y favorecen el logro y afianzamiento de los compromisos y valores del grupo. Todas
esas normas y valores favorecen la consistencia del grupo y de los objetivos que le son
distintivos. Cuando hablamos de convivencia nos referimos al seguimiento de esas normas y al
empeño que ponemos en el logro se esos objetivos de grupo.
Conflictos.
No obstante, a pesar de esta comunalidad de valores y reglas de actuación, unas veces de
manera coyuntural y otras con más persistencia, en un momento dado, dos individuos de un
grupo pueden tener intereses diferentes y, entonces, puede surgir el conflicto interpersonal. El
conflicto indica que en ese momento los deseos de dos indivuos (o dos grupos) chocan, entran en
colisión, que sus intereses particulares pueden más que los objetivos colectivos. Adicionalmente,
dependiendo de que se trate de un conflicto coyuntural o pesistente, o de que polarice las
relaciones del grupo, puede informarnos que las metas colectivas requieren un reajuste.
El conflicto no es algo ajeno a la convivencia, sino una parte fundamental de ella. Una convivencia no conflictiva en términos absolutos es imposible. Además, no sería conveniente,
pues nos negaríamos a nosotros mismos muchas libertades y las posibilidades de cambio y
desarrollo social. El reto de cualquier grupo es encarar los conflictos de manera constructiva para
el afianzamiento del propio grupo y de sus miembros (Puig Rovira, 1997).
Sentimientos.
La convivencia va acompañada de numerosos núcleos sentimentales. Nuestras relaciones
interpersonales siempre van acompañadas de afecto, nos llevan a sentirnos alegres o desdichados,
orgullosos o avergonzados, temerosos o esperanzados. Nuestros sentimientos inundan nuestras
relaciones sociales, están determinados por lo que acontece en ellas y, al mismo tiempo,
determinan la manera de relacionarnos con los demás.
Cuando nos damos cuenta que otra persona no respeta las normas o los valores del grupo,
o cuando entendemos que alguien no coopera o colabora para el logro de los objetivos colectivos
nos sentimos enfadados o indignados. Cuando el grupo no alcanza sus metas podemos sentirnos
ansiosos o abatidos. Cuando se logran éxitos nos congratulamos y alegramos. En el grupo se
crean héroes y estigmatizados desencadenándose, por tanto, sentimientos de orgullo y de
vergüenza o culpa. Las emociones y sentimientos, siguiendo la metáfora de Marina (1996),
surgen como un balance sentimental que nos informa del logro de nuestros objetivos más
existenciales. Pero, no debemos olvidar que muchos de esos objetivos están claramente
configurados por nuestro entorno social y cultural, por los grupos a los que pertenecemos.
Pero la importancia de las emociones en las relaciones interpersonales hay que situarla
también en la manera en que las influencia. Una vez que surgen, las emociones van acompañadas
de importantes cambios corporales, de tendencias de acción vigorosas, y de modos de interpretar
la realidad. Todos estos elementos determinan nuestras acciones y comportamientos en la
situación interpersonal. La alegría favorece nuestra efusividad y afán por comunicar a los demás
nuestros éxitos, la tristeza nos lleva a la falta de acción y al aislamiento, el miedo nos lleva a la
huida, la ira favorece el ataque, etc. Es decir, las emociones surgen en numerosas circunstancias
interpersonales e influencian de manera estrecha nuestro modo de conducirnos en ellas.
Las emociones y sentimientos, por supuesto, también afloran en situaciones conflictivas.
En cualquier circunstancia en que nuestros intereses estén en juego, se vean comprometidos,
surgen las emociones. No es extraño, entonces, que los conflictos vayan acompañados de
numerosos núcleos sentimentales como la ira, la ansiedad, la tristeza, etc. Todas esas emociones
activan tendencias de acción y modos de interpretar el mundo, de lo que está ocurriendo, con lo
cual están determinando de manera fundamental las posibles estrategias de solución del conflicto.
Como ilustraremos después, la salida a los conflictos y la regulación emocional están
estrechamente relacionadas.
REGULACIÓN DE OBJETIVOS Y CONFLICTOS.
En cualquier relación interpersonal siempre están implicados los intereses, metas,
compromisos, ideales, etc. de dos o más personas, las cuales, además, pertenecen a un grupo de
referencia más amplio en el que existen unas normas de actuación más o menos precisas y
estrictas, y en el que están presentes y se potencian una serie de valores, actitudes y objetivos que
suelen ser compartidos por sus miembros. En esas interacciones, en unas ocasiones los intereses
u objetivos de los individuos de un grupo pueden coincidir y en otras no. En el primer caso la
convivencia está garantizada, si tienen lugar discrepancias puede surgir el conflicto, especialmente cuando los intereses, metas o compromisos de alguna de las partes no sea
respetado.
En los casos de desencuentro, dar una salida constructiva a la situación conflictiva no es
fácil, pues requiere que los protagonistas se esfuercen para cambiar y alterar sus objetivos
momentáneos hasta que su nivel de coincidencia sea suficientemente elevado como para poder
convivir, es decir, mantener actitudes, valores, metas y reglas compartidas. En esas
circunstancias, continuar conviviendo requiere el repaso y la revisión de nuestros objetivos,
metas, compromisos, etc. con el fin de situarnos en los que sean compartidos y sintonicen con los
de la otra parte. Si falla ese esfuerzo, o no se hace, en ese momento persistirán los intereses
divergentes y el conflicto. La realidad nos indica que nuestros mecanismos de control nunca son
absolutos y que con relativa frecuencia fallan. No es extraño, entonces, que el conflicto esté
presente en nuestras relaciones interpersonales.
Los conflictos debemos situarlos en los posibles cambios de metas, objetivos,
compromisos, etc. que una persona tiene a lo largo del tiempo (conflictos intra-individuales), o
en las metas, objetivos y compromisos distintos que dos personas (conflictos interindividuales) o
dos colectivos (conflictos de grupo) consideran prioritarios en un determinado momento. Su
solución está relacionada con la regulación, involuntaria o reflexiva, de nuestros objetivos. Pero,
debemos aceptar que nunca se pueden ajustar de modo absoluto las convicciones y compromisos
de todos los individuos de un grupo, de distintos grupos sociales, o, incluso, de una persona en
etapas o facetas distintas de su vida. Entonces, desde esta perspectiva, no tiene sentido intentar
luchar para que no afloren conflictos.En cualquier grupo social siempre, antes o después, van a
surgir conflcitos. Más bien, nuestra tarea fundamental debe ser la adquisición de destrezas de
regulación que puedan ponerse en práctica en las situaciones conflictivas, intentar afianzar las
habilidades que hacen posible dar salida a los conflictos de manera negociada y cooperativa,
aprender, entre otras cosas, a regular las emociones que afloran en las situaciones conflictivas.
LA RESPUESTA A LOS CONFLICTOS.
Revisemos brevemente la categorización que suele ofrecerse (ver, por ejemplo, Puig
Rovira, 1997) respecto a las diversas soluciones a los conflictos y reflexionemos sobre las
peculiaridades que tienen en términos de regulación de objetivos y sobre las vivencias
sentimentales que pueden estar presentes en ellas.
En una aproximación pasiva a un conflicto fundamentalmente lo que hacemos es evitarlo,
protegernos de la situación mediante la huida. En términos de control de objetivos, lo distintivo
sería que los aparcamos, de manera que dejamos prevalecer los de otra persona o grupo, o nos
acomodamos a ellos. Aceptamos sus exigencias. Puesto que no encaramos el conflicto y nos
conducimos de manera dócil, probablemente no surjan comportamientos especialmente agresivos
o violentos, pero en términos sentimentales sí es muy probable que experimentemos ansiedad,
miedo, abatimiento, tristeza, etc. Aparcar, posponer o eliminar un objetivo puede interpretarse
como una pérdida, y éstas suelen construirse emocionalmente en forma de pena, ansiedad o
tristeza dependiendo de que se mantengan ciertas expectativas futuras respecto a su logro o ya se
considere inalcanzable.
Cuando se trata de objetivos o intereses que están relacionados con nuestra valía personal
y dignidad, nuestra autoestima se puede resentir. Si las situaciones conflictivas son muy
recurrentes y nuestras respuestas pasivas se van haciendo habituales, podemos sufrir un riesgo
real de llegar a ser víctimas. Por otro lado, un grupo social en que algunos individuos adopten
esta manera pasiva de enfrentarse a los conflictos corre el peligro de dar cabida a en su seno a ciertas dinámicas de abuso de poder y maltrato. Quien alcanza sistemáticamente sus objetivos va
afianzando cierta sensación de impunidad, y quien siempre los hipoteca se convence cada vez
más de que el grupo no le ofrece posibilidades de realización personal y comienza a rechazarlo.
Pero, si no puede dejar de pertenecer a él o salir de su influencia, se sentirá maltratado por él.
En una aproximación agresiva, en la situación conflictiva, prevalecen por encima de todo
nuestros intereses y objetivos. No los alteramos o modulamos. Los consideramos prioritarios y
además, para hacerlos prevalecer, buscamos el enfrentamiento y la competición con los demás.
Queremos vencerles, lograr el máximo beneficio. Somos intransigentes, pudiendo llegar incluso a
interpretar que, si la otra persona lograse sus objetivos, eso nos humillaría. Frecuentemente,
cuando dos individuos o grupos ponen en juego simultáneamente este modo de resolver los
conflictos, se puede observar una espiral de violencia, la cual suele escalar el conflicto. Si este
modo de resolver los conflictos se hace crónico en una institución, se observan en ella
innumerables episodios de agresión. En términos sentimentales la ira, el enfado, el odio, el
rencor, la venganza acompañan estas situaciones. Todos estos núcleos sentimentales surgen
cuando interpretamos que alguien nos agravia, ofende o humilla.
Si de manera crónica los conflictos se resuelven de manera agresiva, los protagonistas
ganarán en unas ocasiones y perderán en otras, pero es muy probable que no olviden. Cuando no
se olvida, surge el rencor, el afán de venganza y el odio. Todos estos núcleos sentimentales
llevan a un clima social enormemente deteriorado en el que las actitudes hostiles de unos hacia
otros impiden incluso la existencia de objetivos de grupo comunes.
La negociación requiere la regulación de nuestros objetivos y metas. Nos damos cuenta
que hay intereses o compromisos diferentes a los nuestros, asumimos que son tan legítimos como
éstos, y hacemos el esfuerzo de modular nuestras pretensiones y de que también las intente
ajustar la otra parte. La negociación lleva a concesiones mutuas. En términos de habilidades,
recursos y destrezas, es más costosa que las aproximaciones pasivas y agresiva, pero
comportamental y sentimentalmente es mucho más rentable. Requiere saber comunicarse bien,
conocer o intuir los objetivos, pensamientos y sentimientos de la otra persona, ser imaginativo en
los ofrecimientos de acuerdo, etc. Suele ir acompañada de bienestar subjetivo y de sentimientos
de afianzamiento personal, pues al menos, parcialmente, hemos alcanzado nuestras metas o
compromisos sin que los objetivos colectivos se resientan.
Desde una perspectiva institucional, la negociación y el establecimiento de acuerdos, al
no deteriorar el logro de objetivos comunes, favorece un buen clima social. Se reconocen
mutuamente los éxitos ajenos y se respeta la diversidad de criterios, objetivos o creencias
presentes en el grupo. Es más, se consideran enriquecedoras. Los conflictos se encaran de manera
optimista y esperanzada.
La cooperación es aún más exigente que la negociación. En términos de control de
objetivos, supone que se hacen prevalecer tanto los objetivos o intereses de otra persona o grupo
como los nuestros o los de nuestro grupo. Esto se logra incorporando los objetivos o
compromisos de los demás con los nuestros, lo cual supone un reajuste mental adicional.
Además, en términos comportamentales requiere coordinación de las partes para el logro de los
objetivos comunes. Sentimentalmente, la cooperación es muy reconfortante, pues no sólo se
alcanzan objetivos personales sino los colectivos y son éstos los que nos acercan a la felicidad.
Nuestro afianzamiento personal consolida el grupo y los éxitos del grupo los consideramos
nuestros. Las actividades que nos acercan a los objetivos colectivos y a los individuales
prácticamente no se disocian. Institucionalmente, lleva a un clima social magnífico en que los
individuos se comprenden, se animan, se ayudan, etc., pues las metas de uno son las de todos.
REGULACIÓN DE CONFLICTOS Y REGULACIÓN DE SENTIMIENTOS.
Revisemos de manera más detenida la vinculación que se establece entre conflictos y
sentimientos. Hemos afirmado que los conflictos surgen cuando nuestros intereses, objetivos o
compromisos chocan con los de otra persona. También hemos comentado que la solución a los
conflictos requiere regulación de objetivos. La Psicología, de manera reiterada, nos informa que
las emociones surgen cuando acontece algo importante, cuando nuestros intereses, metas u
objetivos están comprometidos en una situación (ver, por ejemplo, Oatley y Jenkins, 1992). Ante
una amenaza surge el miedo, ante una humillación la ira, cuando los demás nos censuran nos
sentimos avergonzados, cuando alcanzamos un objetivo experimentamos alegría. Sin duda las
situaciones conflictivas son importantes para cualquiera de nosotros, pues nuestros intereses o
planes resultan impedidos o bloqueados temporal o definitivamente. Son, por tanto, ocasiones en
que afloran vivencias emocionales. El tipo de emoción que experimentemos va a depender de la
interpretación que hagamos de la situación y, como nos indican los teóricos del appraisal (ver,
por ejemplo, Lazarus, 1991), frecuentemente cambiaremos de manera fluida esa interpretación, lo
cual hará que en la misma situación vivamos sentimientos diferentes. Además, la activación de
cualquier emoción va asociada con cambios en el sistema nervioso central y en el periférico, en
nuestro funcionamiento cognitivo y en predisposiciones de acción. La instrucción en la
resolución de conflictos requiere que consideremos todos estos procesos.
Las investigaciones neurofisiológicas indican que las reacciones afectivas están mediadas
por la activación de algunos núcleos subcorticales como la amígdala (ver, por ejemplo, LeDoux,
1996) y el córtex prefrontal (ver, por ejemplo, Damasio, 1994). Son núcleos cerebrales que están
implicados diferencialmente en los automatismos y en la regulación de las emociones. Además,
es habitual que se produzcan cambios fisiológicos periféricos importantes: los músculos se
tensan, el corazón se acelera, la respiración puede ser entrecortada, se segrega más sudor en
algunas zonas, etc. Estos cambios corporales están relacionados con la intensidad de nuestros
sentimientos (ver, por ejemplo, Cacioppo, Berntson, Larsen, Poehlmann e Ito, 2000). En términos
comportamentales surgen tendencias de acción (ver, por ejemplo, Frijda, 1986) que se
corresponden con la emoción activada. Se favorecen, por tanto, comportamientos de huida,
evitación, escape, aproximación, ataque, acciones de vómito, etc. Por último, en términos
cognitivos, también se producen cambios, sesgos y distorsiones importantes dependiendo de la
emoción de que se trate. Por ejemplo, la literatura (ver, por ejemplo, Mathews y MacLeod, 1994)
sugiere que la ansiedad y el miedo están asociados a una hipervigilancia y a sesgos de atención
hacia la amenaza, la ira va vinculada a sesgos de atribución hostil, la depresión se relaciona con
el recuerdo favorecido de experiencias de fracaso y dolor.
Junto a todo lo anterior, también entran en juego procesos de regulación emocional (ver,
por ejemplo, Gross, 1999). Un objetivo fundamental de cualquiera de nosotros es sentirnos bien.
Cuando surge algún estado emocional negativo, intentamos aliviarlo. Valoramos si se puede
cambiar o no lo que está aconteciendo, si tenemos recursos para ello, si podemos interpretar lo
que acontece de otra manera, etc. y procedemos intentando afianzarnos personalmente. Estos
procesos de regulación pueden acontecer sin que nos lo propongamos intencionalmente o de
manera intencional (ver, por ejemplo, Parckinson y Totterdell, 1999).
Nuestro comportamiento en una situación conflictiva está determinado por todos estos
procesos emocionales. Habrá individuos especialmente sensibles a su activación corporal y con
pocas destrezas de control que, en situaciones de tensión, necesitarán aliviarla dando voces,
levantándose de la silla, amenazando con los brazos, etc. Otras, por el contrario, pueden disponer
de recursos para controlar su corazón, su respiración, sus músculos, etc. y los utilizan para rebajar la intensidad de sus sentimientos. Algunas personas interpretarán la situación de
conflicto como humillante y ofensiva y entenderán que alguien quiere agraviarles. Es probable,
entonces, que dirijan su ira contra ella. Pueden, incluso, comportarse agresivamente, si no
controlan bien su cuerpo. Otras, sin embargo, en esa situación puede que se asusten. Se dan
cuenta que la otra parte protagonista del conflicto puede ocasionarles daño en grado tan extremo
como para no arriesgarse y, entonces, pueden rehuir el enfrentamiento. Aparcan sus derechos o
sus creencias o sus metas y se retiran de la situación. Son maneras distintas de regulación
afectiva que están relacionadas con las salidas a los conflictos. La solución de los conflictos y la
regulación emocional necesariamente van unidas.
Reflexionemos y traslademos todo lo anterior a una situación escolar. Pensemos en una
situación en que un profesor está impartiendo una clase y es interrumpido reiteradamente por un
alumno porque no entiende lo que está explicando. Las interrupciones son reiteradas. El profesor
se da cuenta de que su objetivo de finalizar el tema se ve amenazado. El alumno, por otro lado,
está convencido de que cuando no entiende algo debe preguntarle. ¡Para eso están los
profesores!. El conflicto surge porque el profesor no quiere que el alumno siga preguntando y el
alumno continúa su demanda de aclaraciones. En ese momento, los objetivos o intereses de
ambos chocan, son contrarios. Cada uno de ellos entiende que son legítimos, pero claramente son
incompatibles. Las soluciones pueden ser diversas. El profesor puede hacer callar al alumno de
manera autoritaria y no permitirle hablar el resto de la clase. El alumno puede responder
agresivamente ante esta provocación o puede actuar de manera sumisa. También, pueden llegar al
acuerdo de que el alumno haga un par de preguntas y, si requiere explicaciones adicionales,
utilice las horas de consulta en su despacho. Todas estas soluciones están acompañadas de
importantes procesos afectivos. Si el profesor interpreta que el comportamiento del alumno
tiene como único objetivo fastidiarle e impedir que finalice el tema, es más probable la emoción
de ira y su tendencia de acción habitual, el ataque. Además, no es extraño que se acalore, se agite
corporalmente, se acuerde de otras situaciones en que el modo de proceder de ese alumno o de
otros le ha fastidiado, etc. Entonces, es más probable que el conflicto tenga una solución
agresiva. Si, por el contrario, el profesor interpreta que el comportamiento del alumno no es
malintencionado, sino que más bien es consecuencia de la poca lucidez mental que tiene en ese
momento, es posible que se plantee como objetivo adicional del momento, lograr no sólo
finalizar el tema, sino que el alumno entienda su explicación. Entonces, interpretará la situación
en modo de reto, como una posibilidad de realización profesional. Desde este estado afectivo es
más probable una solución cooperativa. Desde la perspectiva del alumno pueden hacerse
comentarios parecidos. Si interpreta que el profesor con su actitud quiere humillarle, se sentirá enfadado y cabe la posibilidad de que se genere una posible espirar de agresión. Si interpreta que
su objetivo de comprender lo que el profesor está explicando es inalcanzable, se sentirá abatido
y triste, y será más probable una solución pasiva.
CONTENIDOS DE EDUCACIÓN SENTIMENTAL QUE DEBERÍAN INCORPORARSE
PARA FAVORECER LA RESOLUCIÓN DE CONFLICTOS.
Desde nuestra perspectiva, como hemos intentado mostrar, instruir para resolver
conflictos de manera amigable requiere incorporar contenidos de educación en sentimientos. Pero
dichos contenidos no deben ser un mero recetario de actividades, sino que deberían sistematizarse siguiendo las sugerencias de algunos teóricos e investigadores de la denominada
inteligencia emocional (ver, por ejemplo, Mayer, 2001). Debería incluir el reconocimiento de
emociones y sentimientos en uno mismo y en los demás, el significado de los núcleos
emocionales más distintivos, la dinámica que se establece entre ellos, y su regulación. Por
supuesto, siempre deben adaptarse a la edad del alumnado y a su problemática.
Reconocimiento de emociones y sentimientos en uno mismo y en los demás.
Como hemos visto, las emociones van acompañadas de importantes cambios corporales,
fisiológicos, expresivos, musculares, en tendencias de acción, etc. Debemos enseñar a los niños a
prestar atención a todas esas señales para reconocer nuestros sentimientos y los de otra persona.
Cuando nos damos cuenta que en una situación nos late rápido el corazón, nuestra respiración es
agetreada, sentimos tensos nuestros músculos, etc. es muy probable que se esté activando alguna
emoción. Cuando otra persona nos habla con un tono especialmente elevado, muestra rigidez en
sus músculos, su cara está rojiza, su ceño fruncido, etc. es posible que esté experimentando
alguna emoción. Además de estos aspectos expresivos no verbales, por supuesto, necesitamos
prestar atención a los mensajes verbales que acontecen en la situación.
Lamentablemente, algunos niños (también, ocurre en edades más tardías) no han
aprendido a detectarse los cambios que acompañan sus emociones o los estados internos que
pueden estar presentes en su interlocutor. Eso les impide relacionar emociones y sentimientos
con comportamientos y tendencias de acción, y su explicación de lo que acontece queda muy
empobrecida. Por otro lado, sin haber adquirido estas destrezas básicas es prácticamente
imposible desarrollar la empatía, que para muchos autores es un requisito fundamental para poder
afianzar la negociación y la cooperación en situaciones conflictivas.
Significado de los núcleos emocionales más distintivos
También hemos comentado que las emociones y sentimientos nos informan respecto al
logro de nuestros objetivos, compromisos, valores, etc. o sobre si otra persona los está
alcanzando o no. Cuando una persona siente ira, está interpretando que lo que acontece le
humilla, le ofende, le agravia. La ira, por tanto, le informa que un objetivo y meta importante,
como es el afianzamiento y la valía personal, está vulnerándose. Cuando alguien siente miedo o
ansiedad, interpreta lo que ocurren como una amenaza o peligro. Por consiguiente, el miedo y la
ansiedad informan que la amenaza y el peligro nos acechan, que la situación es incierta, que nos
pueden asesinar, o podemos tener un accidente, o podemos suspender un examen. Todo núcleo
emocional tiene su significado distintivo. Además, incorpora importantes matices. Por ejemplo,
en el caso de la ira, la indignación, el rencor, la rabia, la venganza, etc. proporcionan ricos
refinamientos semánticos. En el caso de la tristeza, el desánimo, el abatimientos, la
desesperación, la depresión, etc. también aportan finas distinciones (ver Marina y López Penas,
1999). Además, es importante que nos demos cuenta de las tendencias de acción, los deseos, que
acompañan cada núcleo sentimental. ¿Por qué me gustaría pegarle o insultar a esta persona? ¿Por
qué no tengo ganas de hacer nada? ¿Por qué me gustaría irme de clase y no hacer el examen? Es
importante que relacionemos estos deseos con nuestros sentimientos.
Captar esos matices nos ayuda a interpretar de manera más completa la realidad.
Conociendo el origen de esos sentimientos podemos reconsiderar la realidad y alterar el modo en
que la intepretamos o la manera en que la encaramos. Conocer esos significados es una ayuda
fundamental para comprender las relaciones interpersonales y las dinámicas de los grupos.
Dinámicas emocionales.
No es extraño que después de sentir ira y atacar física o verbalmente a otra persona, nos
arrepintamos y nos pese ese modo de proceder. Tampoco es raro que algunas personas cuando
hacen algo socialmente incorrecto y reprendible, en vez de sentirse culpables o avergonzados,
dirijan su ira contra quien quiere corregirles. No son capaces de soportar la culpa y la vergüenza
porque les debilitan en extremo y prefieren sentir la energía proporcionada por la ira. A veces,
nuestros sentimientos amorosos o amigables especialmente intensos y estrechos hacia una
persona se ven alterados por otros de odio o de envidia. Conocer el significado de nuestros
sentimientos, también requiere considerar algunas dinámicas frecuentes entre ellos o en algunas
personas en particular. Familiarizarnos con ellas nos ayudará a no sorprendernos o extrañarnos de
la fugacidad o perversidad de nuestros sentimientos, lo cual es de gran relevancia para
convencernos de la necesidad de su regulación.
Regulación de los sentimientos.
Muchos de nosotros tenemos la impresión de que los sentimientos se apoderan de
nosotros y no podemos hacer nada para cambiarlos. No es verdad. Podemos regular nuestras
emociones. Quizás, no de manera absoluta. Pero, sí en un grado suficiente como para que no nos
perturben y nos afiancen personalmente. De hecho, la mayoría de nosotros, incluso sin
proponérnoslo, las controlamos.
Las dinámicas emocionales a que nos referíamos en el apartado anterior son importantes
modos de regulación emocional. Se apoyan en lo que denominamos procesos de appraisal.
Cuando cambiamos el modo de interpretar lo que está sucediento, nuestros sentimientos también
cambian. Si interpreto que el comentario que me ha hecho otra persona no pretendía ofenderme,
mi ira se disipa. Si creo que la situación de examen es una oportunidad para lucirme, para poder
demostrar mis destrezas personales, no sentiré ansiedad o miedo. El dominio del pensamiento
garantiza la regulación emocional.
Por otro lado, también es fundamental el control del propio cuerpo. La intensidad de
nuestros sentimientos está estrechamente relacionada con la activación fisiológica. ¿Alguna vez
ha sentido miedo o se ha sentido enfadado encontrándose relajado y manteniendo una respiración
apacible?. Si somos capaces de ejercitarnos en la relajación muscular y en el control de la
respiración, tenemos grandes posibilidades de regular la intensidad de nuestras emociones. Si
además, adquirimos hábitos para tonificar nuestro cuerpo, paseamos, hacemos ejercicio físico,
nos tonificamos con un baño o una ducha, etc. estaremos en mejores condiciones de controlar
nuestras reacciones afectivas (ver, por ejemplo, Thayer, 1996). Aprender estas estrategias de
regulación requiere esfuerzo y constancia, pero que pueden practicarse desde una edad temprana.
EL RETO DE EDUCAR ABORDANDO LOS CONFLICTOS DE MANERA CONSTRUCTIVA.
Educar para la convivencia no es fácil. Instruir para resolver conflictos de manera
constructiva y para regular los sentimientos es una tarea exigente. Como en cualquier
organización y grupo amplio de individuos, en el ámbito escolar se producen numerosas
situaciones en que las opiniones sobre un asunto determinado no son coincidentes o los intereses
son contrapuestos. Algunas de ellas tienen lugar entre el alumnado, otras entre el profesorado, y
otras entre ambos colectivos. En todos estos casos, los objetivos del momento de los protagonistas del conflicto son diferentes y están encontrados. Intervenir en conflictos supone
prestar atención y canalizar de modo positivo toda esa inmensa cantidad de situaciones. Una
tarea agotadora que, además, sin duda no es fácil de compatibilizar con la transmisión de los
conocimientos académicos.
La tarea está entorpecida adicionalmente porque en muchos casos hacemos una
valoración negativa de las situaciones conflictivas. La mayoría de nosotros hemos tenido
experiencias de situaciones conflictivas en las que nos hemos sentido mal y en las que su
solución ha sido lamentable. Esas experiencias negativas nos llevan a huir de los conflictos, a no
encararlos, a protegernos y a no querer intervenir sobre ellos. Desde luego, esa experiencia no
coincide con la valoración positiva sobre ellos, como oportunidad de madurar, que pretende
transmitirnos la pedagogía actual. No todos somos capaces de regularnos emocionalmente bien
en circunstancias conflictivas.
No obstante, no debemos olvidar que también todos hemos tenido experiencias en las que
la resolución a un conflicto ha estado asociada a sentimientos de bienestar y satisfacción
personal. Hemos llegado a acuerdos y compromisos satisfactorios para todas las partes,
interpretamos sinceramente que no ha habido vencedores ni vencidos, incluso que hemos sido
generosos con la otra parte, y todo ello hace que nos sintamos bien, pues ese compromiso, quizás,
desde una perspectiva mercantilista individual no haya sido muy beneficioso, pero desde una
visión global y colectiva ha sido un éxito. Tampoco son extrañas las situaciones en que, tras
cierto enfrentamiento de posiciones o actitudes, se deshacen malentendidos y se cultiva una
estrecha amistad. Una situación de conflicto no debe ir acompañada irremediablemente de
sentimientos desagradables y molestos.
El reto del sistema educativo es canalizar los conflictos hacia esta perspectiva positiva.
Utilizar las situaciones de conflicto para madurar y afianzarnos personal y socialmente. Uno de
los compromisos de la educación para la paz, sin duda, debe ser cambiar nuestra opinión
cotidiana negativa de los conflictos por una visión más constructiva y esperanzadora de ellos. Las
situaciones de conflicto hay que asumirlas como algo habitual e inevitable en nuestra experiencia
cotidiana. En ese sentido, no constituye un problema en sí mismo su existencia. Más bien el
problema es cómo los resolvemos. El sistema educativo debe incluir entre sus objetivos el
aprendizaje de estrategias de resolución de conflictos que favorezcan la convivencia y faciliten
las relaciones amigables entre los miembros de la comunidad educativa. Los protagonistas de
esta tarea deben ser las familias, el alumnado y el profesorado, y en ella debemos apoyarnos en la
regulación de nuestros sentimientos.
BIBLIOGRAFIA.
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