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El Refugio de Esjo

Violencia en las Aulas
Bullying

 
 


Una generación que crece sola

 

A raíz del suicidio de Jokin, un muchacho vasco presuntamente hostigado por compañeros de clase, ha aflorado el tema de la violencia en las aulas, que a su vez denota una crisis en ámbitos como la enseñanza y la familia. Sociólogos y psicólogos dan sus puntos de vista.

MÓNICA ARTIGAS - 10/10/2004


Cuando iba sin cabello por culpa de la quimio, los niños me tiraban piedras a la cabeza. No sé, supongo que me veían como un bicho raro. Tenía 9 años. Hoy tengo 13 y en la escuela se burlan de mí y sobre todo me rechazan. Lo noto cuando se tienen que hacer juegos o trabajos de grupo. Siempre me quedo sola”.

D. tiene 13 años. Cuando tenía tres años le diagnosticaron un tumor cerebral. Cáncer. La operaron. Al cabo de cinco años se le reprodujo. La volvieron a operar. Esta vez fue la peor. En la biopsia, y debido a la propia génesis del tumor, que se esparcía como se esparce la clara de un huevo cuando conoce el aceite caliente, se reconocieron pedacitos de cerebro entre los restos extraídos. Aquello supuso un mal irreversible. D. tiene una minusvalía. Las extremidades de la parte izquierda de su cuerpo tienen poca movilidad. D. necesita ayuda para vestirse, para colgarse la mochila, para cambiarse una compresa. Y sin embargo, y a pesar de haber superado hace dos años aun otra operación más, no ha perdido un solo curso. D. va a una escuela privada concertada de la capital de una comarca catalana donde estudia 2.º de ESO. Sigue sus estudios, hace sus deberes, y aunque se cansa a veces, se enfada a veces, se pone triste a menudo y vive con la espada de Damocles que supone tener una revisión cada seis meses que le indica si el cáncer tiene aún malvada vida, de lo único que se quejan la propia D. y sobre todo sus padres es de algo ajeno a los hospitales. Lo más amargo del trance que les ha tocado vivir es el ambiente hosco de una escuela totalmente ajena al sufrimiento de una familia y de una sociedad que rechaza la minusvalía y que la convierte, si cabe, en un problema mucho mayor.

Bullying en el aula


D. sabe lo que es el bullying (proceso de abuso e intimidación sistemática por parte de un niño contra otro niño; procede del término inglés bully, matón). De D., los chicos y las chicas se burlan. Se han burlado toda la vida. D. no tiene amigas. Sólo una, M., una chica de origen gitano con quien ha encontrado una aliada al ser, ella también, una víctima del rechazo en el aula. “La escuela se ha convertido en una fábrica de Barbies, donde una niña como D. o como su amiga no tienen derecho a estar”, denuncia su padre, a quien cada día se le hace más dura la lucha contra una hostilidad que no comprende. Se enzarza contra los profesores: “Están creando seres altamente competitivos y esto parece ser que es lo único que les interesa y me dicen que D. ralentiza el ritmo de la clase. Lo más curioso es que en la escuela se precian de tres materias que evalúan y que son religión, educación en valores y una tercera donde estudian algo así como urbanidad y normas de comportamiento. ¡Qué engaño!”.

El caso de D. y el de Jokin C., el chico de 14 años que el fin de semana pasado decidió poner fin a su vida en Hondarribia presuntamente a causa del bullying al que le sometían sus propios compañeros del instituto en el que estudiaba, son casos puntuales pero han avivado una chispa que se encendió ya en el año 2000 cuando el Defensor del Pueblo, en el informe Violencia escolar: el maltrato de iguales en la ESO puso de manifiesto que el 4,1% de los adolescentes han sufrido alguna vez una agresión física en la escuela y que el 33,8% había sido víctima de insultos. “No es que haya un problema generalizado a partir del cual se tenga que hacer un plan de choque. Siempre ha habido chicos y chicas que basan sus relaciones en la violencia. Pasa, siempre ha pasado y también en algunas ocasiones se ha llegado al suicidio”, sostiene Jaume Funes, psicólogo especialista en adolescentes y adjunto al Síndic de Greuges para la defensa de los derechos de la infancia. Sin embargo, sí reconoce que en los últimos años no sólo hay más tendencia a que se den situaciones de aislamiento, en muchos casos hacia inmigrantes, sino que además se han dado nuevas circunstancias que han variado la génesis de las situaciones de violencia y que hacen que éstas tiendan a producirse en las mismas aulas.

Por una parte, la escuela se ha convertido en un pequeño microcosmos donde convive todo. A diferencia de antaño, cuando en el colegio sólo se quedaban aquellos que querían firmemente estudiar mientras el resto comenzaba a ganarse el pan o simplemente a vagar, “hoy en las aulas conviven todos los prototipos que antes convivían en otros ambientes o en la calle”, explica Funes. Los conflictos, las peleas que antes sucedían en el barrio, entre pandillas o en la discoteca, hoy pueden pasar entre pupitres. Según algunas teorías, el hecho de que la enseñanza obligatoria se haya alargado hasta los 16 años ha propiciado que en las clases coincidan motivados con desmotivados, los chulos de patio con los responsables que clavan los codos. Este estiramiento de la edad escolar se junta con otro alargamiento de diseño parecido: el que se da con la misma adolescencia. “Antes, la adolescencia era un periodo de transición: dos semanas ensuciándose en un taller y se acababa la adolescencia. Ahora son muchos años dedicados a algo, la adolescencia, que no está definido, una edad para descubrir y ensayar que a veces está regulada por mecanismos de choque que no se llevan bien cuando hay una falta, y eso sí que se observa, de valores y criterios éticos”, explica Funes. Por último, una nueva e importante circunstancia es el hecho de que los chicos y chicas, incluso en la escuela, pasen mucho tiempo solos: “Hay muy pocos adultos que se ocupen de ellos. La violencia se da en momentos de orfandad escolar: al mediodía, en el comedor, en las salidas y entradas. No hay una presencia adulta y la rivalidad y la necesidad de imponerse entre los chicos genera estos procesos de ataque a una víctima”.

Crisis de valores


Bajo estas circunstancias explícitas, visibles, hay sin embargo y según el catedrático de Sociología de la Universidad de Deusto, Javier Elzo, un problema más profundo, una verdadera crisis de valores: “Nunca hasta habíamos encontrado una generación que de manera autónoma esté creando sus propias normas y unos adolescentes que sólo tengan un único referente: ellos mismos”. En opinión de Elzo, esto ha ocurrido porque “los agentes tradicionales de socialización no están en condiciones de cumplir su papel”. Elzo enumera estos agentes. El primero, el que más ha perdido su razón de existir es un estamento que en su día marcó moral y pautas de comportamiento: la Iglesia. “Actualmente hay un divorcio asimétrico entre la Iglesia y los jóvenes. Con excepciones, claro, pero los pocos que se mantienen son islotes dentro de una masa general donde la relevancia de la Iglesia es nula”, mantiene el sociólogo. El segundo agente que se ha debilitado es la familia. “Se calcula que sólo un tercio de las familias tiene capacidad para socializar a sus hijos. La mayor parte de las familias son pues nominales, entes donde se da la coexistencia y no más”, asegura mientras defiende que esta unidad debería ser una válvula de escape para el joven, “un lugar donde, a diferencia de lo que ocurre en otros de sus ámbitos, los chicos no tendrían que demostrar nada ya que se les quiere y se les valora por lo que son”. El tercer agente en crisis sería la escuela: “Ya no es importante en estos momentos formar a personas que tengan una cabeza capaz de discernir lo importante de lo accesorio. La escuela ha dimitido totalmente a la hora de formar personas. Necesitamos más filosofía y menos tecnología”.

El último proceso de socialización es el que le toca a los medios de comunicación. “Sin embargo, tampoco este agente parece cumplir su papel si nos limitamos a observar los valores que transmite”, dice Elzo. Un seguimiento que el sociólogo ha realizado en los últimos años indica que las revistas más leídas entre los chicos de 14 y 19 años son Maxi Tunning (318.100 lectores, lo que supone que un 21,5% de los chicos españoles), Play Station 2 (199.400 lectores), Hobby Consolas (160.000 lectores) y Play Manía (131.200 lectores). A estas publicaciones top le siguen Muy Interesante, Moto Verde, Quo, Pronto y El Jueves. Juzgando lo que leen las chicas los resultados son, según Elzo, también indicativos. La revistas más leídas entre las adolescentes, excluidas como en el caso anterior las revistas de programación de televisión y los suplementos dominicales de prensa diaria, son Superpop (332.500 lectoras), Bravo Por Ti (301.800 lectoras), Nuevo Vale (300.500 lectoras), Pronto (178.900 lectoras) y Ragazza (143.500 lectoras). Tras éstas aparecen You, Qué Me Dices, ¡Hola!, Telenovela y Cosmopolitan. "Cuando ven la televisión, tampoco mejora: el programa más visto por los adolescentes es Crónicas marcianas y la radio más escuchada, Los 40 principales”, comenta el sociólogo.

“... Y lo peor es cuando los padres te preguntan si el chico puede leer esa revista y cuántas horas es recomendable dejarle jugar a los videojuegos o ver la televisión”. Es la consulta que le han hecho y le hacen a José A. Alda, jefe del servicio de Psiquiatría y Psicología del Hospital Sant Joan de Déu, una de las instituciones organizadoras de las jornadas Urgencias, crisis y cortes biográficos en las adolescencias, celebradas la semana pasada en Barcelona. “Esto ocurre porque muchos padres no se atreven a poner ellos los límites o la norma y entonces le pasan a otro, en este caso al médico, la responsabilidad, el papel del malo”, explica Alda. Según él, gran parte de los problemas que llevan los chicos y chicas de entre 12 y 18 años a los despachos de psiquiatría vienen causados por la pérdida de autoridad de los padres: “Ha habido una tendencia a hacer de colega y no a hacer de padre y esto es cómodo pero no conviene. Una cosa es ser cercano, darle un preservativo al hijo si lo pide o consolarle si han tenido una relación y no le ha ido bien, y otra cosa es confundir papeles”.

Trastornos de conducta


“Nunca los adolescentes han estado tan perdidos como ahora”, insiste Alda. Como muestra: el aumento del número de visitas al servicio de urgencias psiquiátricas del hospital donde ejerce. En sólo seis años, se han multiplicado por tres. De todas ellas, el 30% son por trastornos en la conducta y aquí entran episodios de agresividad, de violencia y también desórdenes de la personalidad. La segunda causa que lleva a los chicos y chicas a pasar urgentemente por un psiquiatra son las crisis de ansiedad y esto ocurre en el 23% de los casos. En tercer lugar, copando un 15% de los casos vistos en el servicio, están las tentativas de suicidio. “Sí que se registran más que antes, pero se producen menos muertes porque se regulan mejor con medicación adecuada”, explica Alda. Según cuenta, la conducta de estos chicos y chicas que intentan la muerte “es impulsiva y peligrosa. Aunque muchas veces después de tomarse un frasco de pastillas pidan ayuda, en el momento de hacerlo quieren realmente morirse”. ¿Las razones? A veces, las que ahora preocupan: violencia en las aulas. “Hay maltrato entre los iguales y aunque no siempre se llega al extremo de Jokin, sí que hay cierta alarma y la necesidad de que las escuelas tengan recursos, mecanismos dirigidos por personas adultas que puedan vehicular el malestar o el aislamiento de algunos chicos”. Otras veces, sin embargo, los motivos que inducen al joven a desear la muerte hubiesen sido, en otra época, seguramente, mucho más llevaderos: “Los adolescentes de hoy están menos habituados al esfuerzo que otras generaciones y nos encontramos con una intolerancia a la frustración grave”.

Esta frustración se encuentra hoy en el punto de mira. Tanto cuando se intentan explicar las razones de las víctimas como las de los verdugos. “Hay una colección importante de conductas violentas derivadas de la frustración permanente”, asegura el psicólogo Jaume Funes, que incluso apunta que del mismo modo que los 70 fueron la generación de la angustia y los 90 la generación del Prozac, hoy nos podríamos encontrar con la “generación de la frustración”: “Actualmente hay una incitación constante a un consumo imposible donde el adolescente entra en confrontación entre lo que él desea y el mundo le está diciendo que debe desear y lo que en realidad puede conseguir. Entonces aparece el punto de tensión y la violencia”. Y añade: “Antes, sobre todo si eras pobre, podías soñar en ser bueno e ir al cielo o en hacer la revolución. Hoy todos sueñan que hacen... lo que ven hacer en la televisión”.

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