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Algunos acontecimientos recientes de gran impacto mediático, como el suicidio del joven Jokin C., incapaz al parecer de soportar el acoso escolar que sufría, por ejemplo, y la pertinaz insistencia de algunas cadenas de televisión en la retransmisión y reproducción de experimentos de convivencia forzada con poblaciones humanas artificialmente sometidas a una restricción de su libertad, pueden ser conectados, por elevación, mediante una corriente de pensamiento que, tal vez de forma no accidental, va siendo cada vez más admitida en la sociedad española del siglo XXI: el neodarvinismo social.
Como es de sobra conocido, Darwin, Charles E., tras varios años de investigaciones con poblaciones animales aisladas, vino a poner de manifiesto en su obra El origen de las especies (1859) que la evolución se producía a través de un fenómeno denominado «selección natural», consistente sustancialmente, en la «supervivencia de los más aptos», expresión que por cierto el propio autor reconoce haber tomado de Herbert Spencer (1820-1903), filósofo y sociólogo con gran predicamento entre los teóricos del liberalismo, no por casualidad.
Y fue precisamente Spencer quien, entre otras fuentes, a partir de las también ampliamente difundidas tesis de Malthus sobre la tendencia a la reducción progresiva de la ratio recursos/población, sobre la imposibilidad del bienestar general y sobre lo perfectamente natural de la pobreza, la guerra y la hambruna, transpuso al orden social las "leyes científicas" derivadas por Darwin para el reino animal en su conjunto, consagrando de este modo el "darvinismo social" y proporcionando, de forma consciente o inconsciente, legitimación ética a la violencia también entre los seres humanos conforme al principio natural de la lucha por la supervivencia.
El darvinismo social consiste por tanto en explicar la supervivencia y el éxito de los seres humanos, de cada uno de ellos, como una consecuencia de su "mejor adaptación" al medio en el que se desenvuelven, esto es, su familia, su trabajo, su ciudad, etc., lo que normalmente se percibe en términos de enriquecimiento, opulencia y poder y hace lógica y legítima, mismamente, la violencia entre las personas, en este contexto meros integrantes del taxón homo sapiens sapiens.
Con estos elementos, entre otros y salvando multitud de matices, el más clásico de los liberalismos occidentales condujo el destino nuestros congéneres, hasta que se difundió e implantó con éxito una nueva moral sociopolítica, que a través de gobierno, jueces y legisladores puso límites al uso de la fuerza entre las personas, sobre todo, al abuso del poderoso sobre el débil, protegiendo al niño frente al adulto, al trabajador frente al empresario, al pobre frente al rico y al ciudadano frente al propio Estado, por poner unos ejemplos.
En ello, mejor o peor, hemos andado hasta el advenimiento del neoliberalismo, un refinamiento del liberalismo clásico (versión 2000.4), una corriente de pensamiento de gran éxito entre los más fervientes creyentes en el malthusianismo, que ha venido de la mano, como no podía ser de otro modo, del neodarvinismo social, a su vez la edición "milenium" de la teoría de Spencer. Y esta ética remozada de corte neoliberal, sobre todo mediante la invocación del individualismo, es la que está atacando los cimientos más firmes del Estado Social: la solidaridad entre las personas, la justa distribución de la riqueza y sobre todo la búsqueda y respeto de la dignidad humana, que en opinión de muchas gentes, sobre todo cuando hablan de ellos mismos, tiene características sustancialmente distintas de la mera dignidad animal.
Aquí es donde asistimos, muchas veces impávidos, a fenómenos cada vez más extendidos como el bullyng, el mobbing, o el bossing, anglicismos todos ellos con los que nos referimos al acoso moral y al hostigamiento psicológico, en la escuela, en el trabajo o en el hogar. Estos nuevos métodos de coacción en ningún caso pueden ser leídos como la consecuencia de una mayor sensibilidad de la población hacia la violencia que se ejerce sobre ella, más bien al contrario han de interpretarse como el resultado del ejercicio de la brutalidad mediante formas progresivamente más sutiles, con las que sus autores tratan de bordear los límites establecidos por el Estado a través de la Ley, la Judicatura y el propio poder Ejecutivo, en nombre del derecho de las personas, de cada uno de nosotros mismos, a no ser agredidas.
Así pues, parece que si el Estado Social, el estado protector de la dignidad humana, quiere continuar con su proyecto, deberá adaptarse inevitablemente, revisando las leyes, sensibilizando a los jueces y proporcionando instrumentos a sus funcionarios para impedir como ya está ocurriendo en los casos del maltrato doméstico y del terrorismo, que en el resto de los ámbitos de la vida social se produzcan abusos impunes, sutilmente enmascarados por un velo de legalidad o de la simple e insultante falta de pruebas. En caso contrario y conforme al criterio del Darwin, no logrará sobrevivir.
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4 de noviembre de 2004
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