|
El pasado sábado, y a instancias de la Consejería de Bienestar Social, la Junta de Andalucía pidió a la Bienal de Arte Contemporáneo de Sevilla que retirase una escultura del artista italiano Maurizio Cattelan, donde se representa un niño ahorcado del mástil de una bandera, «por su carácter extremadamente violento». Establecida la polémica, lo de menos es que la performance se retire o no, pues, a raíz del suceso, todos los implicados han conseguido su cuota de beneficio: la Junta ha puesto a salvo su mala conciencia. La Bienal ha logrado 'al fin' su primer impacto mediático. El provocador ha incrementado su leyenda negra, como cuando exhibió una escultura del Papa atravesado por un misil Patriot. Y la gran paradoja final: la escultura que se quería ocultar ha acabado siendo exhibida por todas las televisiones en prime time, es decir, el pleonasmo de la visibilidad total.
Salvando las distancias entre Sevilla y Hondarribia, y el abismo que media entre la simulación artística y la dramática realidad, este preámbulo nos acerca a otro vacío en visibilidad total: un pequeño espacio al pie de la muralla donde todavía se pueden ver ramos de flores, velas rojas y mensajes, para recordar el lugar donde, en la madrugada del 21 de septiembre un chaval de apenas 14 años, Jokin C.L., decidió suicidarse para dejar de ser visto, porque el mero hecho de vivir se había convertido en un sufrimiento indecible. Ese sufrimiento oculto que él no mostraba, y que otros no supieron o no quisieron ver. Hoy ocho alumnos del instituto Talaia han sido expulsados por su presunta implicación en las agresiones de las que venía siendo víctima Jokin, nada menos que desde un año atrás, pero el malestar se extiende por todo el centro y llega más arriba. La Consejera de Educación ha expresado su compromiso de «llegar hasta el final». La Fiscal de Menores de San Sebastián ha ordenado a la Ertzaintza que investigue lo sucedido. Es el momento de preguntarse: aunque Jokin ocultara su dolor para no preocupar a su familia, para protegerla de su propio sufrimiento, ¿acaso alguna de las continuas vejaciones de las que fue objeto, acaso sólo una careció de testigos que vieron y callaron?
Podemos comprender perfectamente la confesión de una compañera de su clase que vio cómo, en una paliza, aquellos energúmenos llegaron a romperle el aparato dental y no dijo nada, porque también la amenazaron a ella y tuvo miedo. Ahora bien, en esta historia hay dos datos especialmente escalofriantes de los que apenas se habla. Uno: el hecho de que, según se ha publicado, tres de los ocho alumnos expulsados sean hijos de profesores del centro. Y dos, en orden a la misma referencia periodística: el comportamiento de una de las profesoras aquel martes en que, al llegar a clase, Jokin se encontró con una pintada vejatoria y un buen número de rollos de papel higiénico sobre los pupitres. En medio del jolgorio general, la profesora tuvo una actuación incalificable: ordenó a Jokin que recogiera todos los rollos, uno por uno. Fuese por error o por descuido, no me cabe duda, a nadie puede caberle, que obró sin voluntad de ensanchar la herida de la víctima de la burla. Pero cuánta insensibilidad en su descuido, qué gravísimo error, qué claudicación pedagógica total la suya, ante sí misma y ante todo el aula: en vez de enfrentarse a los humilladores, singularizó al agraviado, al más débil, y lo humilló un poco más a la vista de todos.
Este incidente inaudito rompe el esquema habitual de la violencia escolar: ya no podemos contemplarla exclusivamente como un asunto entre adolescentes. A los psicólogos que importan conceptos tan snobs como el bullying, a los padres y a los profesores que sólo aceptan una responsabilidad pasiva, de pronto, les ha surgido un caso donde la clase docente tiene también mucho que decir, por lo mucho que ha errado, pero, sobre todo, por todo lo que ha callado. Tomen nota los psicólogos, los tutores de voces autoriales, los profesores que se lavan las manos, los adultos irresponsables. Nos nos conformemos, sin embargo, con cargar ahora sobre ellos todo el peso de la culpa. Vayamos un paso más allá. ¿Qué es lo que nos ofende, que es lo que nos violenta especialmente al contemplar la escultura del niño ahorcado en La Cartuja? ¿ La plasmación del horror, o la certeza interior de que no somos ajenos a él ?
Me vienen a la memoria una película en blanco y negro y otra en color: Los cuatrocientos golpes, de Truffaut, y Martín Hache, de Adolfo Aristarain. Las dos nos revelan todo lo que nadie quiso ver en la vida real de Jokin C.L. Eso que tanto nos emociona en la ficción, y nos hace llorar en la oscuridad de los cines, pero que luego nos deja perfectamente insensibles cuando lo intuimos en la vida real, hasta que estalla y se convierte en una tragedia irremediable y casi cinematográfica en su visibilidad total. Entonces hablamos de lo perentorio que resulta fomentar una educación en valores, de recuperar el diálogo entre padres e hijos, de humanizar la escuela y hacer de los maestros algo tan rimbombante como lo que pedía Unamuno, «magistrados del progreso y sacerdotes de la idea».
En fin, ¿por qué no enfrentamos la verdad? La verdad casi nunca es agradable y jamás es lírica. Por eso los poetas y los pueblos prefieren el fervor de las grandes fiestas colectivas. La verdad, sin embargo, se dice en seco y cabe en dos frases. Una: la escuela ha dejado de ser un lugar de formación para la vida, como también ha dejado de serlo la familia. Y dos: la sociedad de los padres perdidos espera demasiado de un cuerpo escolar que ha renunciado a la autoridad y a la ejemplaridad, como la sociedad misma. Lo peor de esta sentencia es que es irrevocable, y lo sabemos: extendemos una responsabilidad difusa, ésta se convierte en una irresponsabilidad compartida que no señala a nadie, y así nos va. Nos ofendemos mucho si un artista nos emplaza ante un muñeco ahorcado, pero no queremos ver los pasos que llevan al suicidio a un adolescente de carne y hueso. A decir verdad no queremos ver nada, absolutamente nada que nos enfrente con esa visión, ni en la ficción ni en la realidad.
Horas antes de suicidarse, Jokin dejó un texto en su chat de Internet: «Libre, oh, libre. Mis ojos seguirán aunque paren mis pies». Qué frase tan inquietante. Sus ojos, los ojos de Jokin, ¿qué estaban viendo? Nunca lo sabremos, pero, después de esto, ya no podemos dejar de ver lo evidente: que hay un abismo entre los valores educacionales y los ídolos de la sociedad actual. Pero también que la crisis de la enseñanza no es sólo una crisis del cuerpo docente. Una sociedad que fracasa en la tarea de enseñar a sus hijos es una sociedad que no ve nada ejemplar en sí misma, que no se ama a sí misma, y eso es lo peor de la nuestra. Por eso el salto al vacío de Jokin es también el nuestro. Sólo que nosotros lo hacemos con los ojos cerrados. ¿Hacia dónde mirar ahora sin ver en cada pupitre vacío los ojos de Jokin ? Ése es nuestro drama, ése es el gran problema.
http://servicios.diariovasco.com/
7 de octubre de 2004
|
|