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Llueve en Bilbao, pero no llueve mansamente como en el poema de Blas de Otero. Está lloviendo con furia, con saña. El sirimiri apenas es ya un recuerdo, y se van haciendo más frecuentes estas lluvias repentinas que nos atacan cuando salimos a comprar el pan. El clima es la cifra envolvente de nuestra humana condición autodestructiva. Y no sólo el medio natural es más adverso por nuestra ineficacia, sino también el medio social, que dialoga con aquél en un diálogo imperfecto, en una línea de comunicación donde nuestra mezquindad va sembrando pacientemente su maligna cosecha.
«¿Este mundo nos vais a dejar?», preguntó un chaval a la multitud reunida el sábado en Hondarribia para recordar a Jokin. Odio, violencia, corrupción, guerra dijo él. Así resumió la herencia. En Euskadi, donde la violencia se justifica y se tolera, se explica y se considera una forma lícita o inevitable de imposición, no es de extrañar que en las aulas se haya instalado sin que nadie se haya atrevido a nombrarla siquiera. Jokin ha muerto para hacer visible esa violencia, que no es inevitable, sino una forma de comportamiento que se puede tolerar o reconducir, estigmatizar o exaltar, sustituir por herramientas culturales más complejas o fortalecer desde sus raíces elementales e instintivas.
Vivimos ya en lo que los científicos llaman el antropoceno, una era geológica marcada por la influencia humana sobre el clima. Pobres de nosotros, que estamos en nuestras propias manos. El cambio climático es parte del legado de egoísmo, mezquindad y violencia que queda para los más jóvenes. Un tornado se paseaba el domingo por el Cantábrico como una señal de alarma. En Bermeo lo vieron deslizarse sobre el mar desde Matxitxako hasta Lekeitio. Hay muchas señales en el cielo que pueden identificarse con la cólera de Dios. Si uno no sabe de dónde vienen las cosas, tiende a ver la silueta de algún poder vengativo moviéndose entre las nubes. Pero el lugar de donde proceden muchas de nuestras desgracias es esa misma zona oscura del desconocimiento, el egoísmo y la mezquindad que guían el rumbo de las naciones y, con frecuencia, el interés de quienes deciden. Ellos esperan que la mayor parte de la factura de nuestra desastrosa y violenta gestión del medio natural la paguen, como siempre, los más pobres, en países lejanos donde la sequía llama al hambre y a la guerra, donde las inundaciones y los tornados serán frecuentes y devastadores. De la misma manera, la mezquindad y la imprevisión que rige en nuestro medio social la pagan también los más débiles. Débiles, muchas veces, porque se les ha abandonado. Llueve sobre la tumba de Jokin.
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2 de noviembre de 2004
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