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Acosadores y macarras han existido siempre. En vertical o en horizontal. En el colegio o en el trabajo. Entre iguales o con abuso de poder. En la vía pública o por vía jerárquica y a través de la cadena de mando.
Contra ellos basta usar las mismas armas que contra todo tipo de terrorismo: la repulsa unánime y disciplinada, la justicia y las medidas policiales. El problema es cuando el sistema lo considera normal y lo integra como parte de la carrera (trabajo) o del proceso de crecimiento (escuela), y al no intervenir, lo fomenta.
Como suele ocurrir, los países nórdicos fueron los pioneros en detectar estos problemas, publicando los primeros estudios en los años 70. Pero parece que hasta que no se traduce al inglés no se asienta la idea, ni se extiende, ni se entiende. De ahí, que el título de este artículo parezca el de una novela de serie negra americana.
Efectivamente, bully, en inglés significa matón, bravucón, gángster, gorila, agresor, fanfarrón, macarra. Y mob quiere decir acosar o asediar.
Se ha intentado traducir por brabuconear y por ningunear, respectivamente, pero no es eso. Viene a ser lo mismo, pero no es igual. Bullying implica agresión física y psicológica, acompañada de amenazas, y se aplica para el acoso en el ámbito escolar, entre niños y adolescentes.
Mientras que el mobbing sucede en los ámbitos laborales donde la violencia física es sustituida por métodos mucho más sofisticados. Ataca la personalidad, dignidad o integridad física o mental de una persona, poniendo en riesgo su puesto de trabajo o destruyendo la armonía en el ambiente labora. Para que entendamos lo sofisticado que puede llegar a ser, una de las modalidades del mobbing más extendida en la administración pública en el Reino Unido se le llama Enviar a alguien a Coventry, que viene a significar: modificar las responsabilidades y funciones de la victima dándole otras muy inferiores, que no le corresponden y que en realidad son simplemente una putada, que si es consentida por empresa se convierte en un arma muy eficaz de asedio.
Si se toleran, mobbing o bullying, se hacen crónicos en el sistema, se ve como normal y hasta natural, y termina pasando que ni el agresor tiene conciencia de ser un torturador ni la víctima de ser perseguida. Me pegan o me acosan lo normal.
El acoso escolar o laboral no es una broma, es un proceso meticuloso de destrucción con pequeñas actuaciones que, aisladas, podrían parecer anodinas, pero, repetidas constantemente, tienen efectos devastadores. El caldo de cultivo para que estas mierdecillas de psicópatas prosperen es un sistema cultural que funciona según la ley del más fuerte (o del más indecente), en el que la honradez se presenta como una debilidad.
Dicen los psiquiatras que el acoso es el resultado de la «mediocridad inoperante activa», un trastorno de la personalidad caracterizado por el ansia patológica de notoriedad, que llega hasta la impostura (apropiación del mérito de las víctimas), y, sobre todo, por una intensa envidia hacia la excelencia ajena, que procura destruir por todos los medios.
Hay que tomar medidas ya. Lo mas importante es evitar que existen condiciones favorables, caldos de cultivo. Y escuchar, atender y proteger a las víctimas. Y perseguir a los maltratadores. En Francia acaban de organizar un sistema que destina un policía tutor para cada centro escolar a fin de prevenir los casos más flagrantes de violencia en las aulas. Aquí, eso sería imposible, dada la escandalosa y alarmante faltan de medios policiales. La disuasión y la prevención no existen.
Además el profesorado está agotado, saturado, deprimido, acosado y quemado por el sistema (como bien relata Salvador García Jiménez en su libro Síndrome de burnout o el infierno de la ESO), por lo que si no se aumentan las dotaciones y las atenciones en los centros educativos, hay muy pocas posibilidades de mejorar la dignidad de los alumnos ni de los profesores.
En los casos de bullying, mobbing o burnout las administraciones deben estar para algo más que tramitar las solicitudes de traslado o de baja e incluso de defunción del personal acosado: deben abrir sus puertas para escuchar y apoyar a las víctimas y desenmascarar a los acosadores en lugar de encubrirlos.
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12 de octubre de 2004
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