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Acoso psicológico

 
 


ACOSADA

 

No, aunque soy rubia como ella, no me llamo Sharon Stone y esto no es una película, es una historia real.

En 1997, con un buen currículum académico y profesional, comencé a trabajar en un importante medio de comunicación. Mi presencia destacó desde que aparecí. Debo aclarar que se trataba de un medio bastante conservador, hipócrita y cotilla y yo no me protegí, me mostré como soy: una mujer independiente, inteligente, con ideas propias, atrevida, moderna, polémica y muy cuidadosa con respecto a su territorio íntimo. En un entorno bastante gris, era fácil que todo el mundo se fijara en mí, por mi personalidad y mi aspecto diferentes (no soy Alaska, ni Agatha Ruíz de la Prada, ni Marlene Morreau, pero llevar tacones y ropa distinta, en algunos ambientes, te "marca"). Sí, en determinadas profesiones, para que una mujer sea tomada en serio, debe ser mayor, con gafas y poco agraciada; tener menos de 40 años y un cuerpo que parece un reloj de arena, según parece, te resta seriedad/credibilidad y debes demostrar constantemente tu valía. También tienes que soportar que todo el mundo se interese por tu vida privada (por tu vida sexual, sobre todo), especule y comente, más aún si tú despistas o no das información al respecto (a nadie le importa).

El caso es que no solamente destacaba entre mis compañeros, también logré pronto seguidores/admiradores entre nuestro público y eso despertó las envidias de muchos y una creciente hostilidad.

El director/presentador del programa en el que yo estaba jugaba conmigo a la provocación (crear una tensión sexual no resuelta es un viejo truco para ganar audiencia) y yo, al principio, le seguí el juego como algo que formaba parte del espacio que hacíamos; pero el tono fue subiendo hasta que se convirtió en agresión, dentro y fuera del programa. Tal vez no supe parar a tiempo sus bromitas machistas de carácter sexual (cada día más repugnantes y ofensivas), y es que no advertí que para él aquello, al parecer, había dejado de ser un juego. ¿Me deseaba realmente? ¡Y yo le había rechazado! (yo, una zorrilla que trabajaba en SU programa).

Comenzaron a surgir dudas acerca de mi capacidad y mi reputación y el director, en público (una cena de trabajo, por ejemplo), me dirigía comentarios degradantes con el aplauso de algunos compañeros mediocres, envidiosos y pelotas.

Fuí perdiendo interés por un trabajo en el que cada día me sentía más limitada y arrinconada, viendo como gente vulgar y rancia -con menos conocimientos y talento- ganaba terreno mientras yo lo perdía; empecé a llegar tarde muchos días y me resultaba muy difícil sostener el entusiasmo del principio, incluso conservar mi característico sentido del humor. Escuché comentarios muy desagradables; recibía insultos y amenazas por carta o teléfono (en mi casa) y en la redacción desaparecían, como por arte de magia, cosas mías (agendas, gafas de sol, regalos que me mandaron y nunca recogí...).

Yo soy una persona fuerte -al menos, aparentemente- y procuré "mantener el tipo", pero en más de una ocasión me fue imposible reprimir las lágrimas; no entendía nada, somaticé la tensión (mi piel nórdica -delicada- se llenaba de rojeces muchos días, tuve una grave infección ocular y algún desarreglo menstrual...) y a punto estaba de sufrir una depresión.

¿Por qué no denuncié la situación? Porque no tenía pruebas de nada, porque somos personas muy conocidas, por evitar el morbo y el escándalo... ¿Y mis compañeros? En el programa, unos (hombres y mujeres) participaban en el acoso -"ella se lo ha buscado", pensaba más de uno-, había otros que se hacían los despistados (como si no se dieran cuenta de nada) o realmente no se fijaban y alguno, que me apoyaba en privado, no creo que lo hubiera hecho en público. Personas de distintos programas y medios, igual que mis amigos, vieron lo que ocurría y no podían creerlo, pero era cierto.

Estuve dos años en el programa; cuatro meses antes de que me despidieran, yo había empezado a preparar un programa semanal -dirigido y presentado por mí- en otro sitio. Sabía que debía irme de ahí.

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