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En una pequeña columna sobre al MOBBING la periodista Encarnación Valenzuela señala una serie de conductas para, inmediatamente, hacer una afortunada equiparación. Dice, de quienes practican esas conductas: siempre los hemos llamado hijos de puta ahora se llaman practicantes del MOBBING.
¿Quién no ha calificado, al menos íntimamente, a los degenerados acosadores como <<superlativos hijos de puta?>>. Yo desde luego si lo he hecho. Lo hago todavía. Es algo que me sale de lo más profundo, pero es claramente insuficiente para encontrar respuestas positivas. No es la adjetivación la que aporta soluciones. Ni siquiera se calman las vísceras.
El tratamiento y la difusión que afortunadamente viene teniendo el MOBBING, Acoso Moral, o como queramos llamarlo, tiene su punto de máximo interés en la voluntad de penalizar las conductas de esos llamados<<hijos de puta, hoy practicantes del MOBBING>>.
Quería empezar este escrito explicando que hasta hace dos meses estaba firmemente convencido de que yo era un caso único. Esa pregunta recurrente, por lo que ahora veo, ¿porqué a mí?, me la he formulado infinidad de veces. Ahora, cuando he conocido la amplitud del fenómeno, he podido apreciar lo extendido que está el mal y lo poco original de la pregunta. Lamento tener tantas compañeras y tantos compañeros de martirio. A todos os hubiera deseado un camino menos espinoso que el mío.
Hace aproximadamente 12 años que soporto esta lacra. No han sido 12 años lineales, han habido diferentes épocas, distintas intensidades, pero el mismo fenómeno de fondo, el mismo origen, las mismas complicidades, los mismos verdugos.
Situaré el escrito en un marco lo más profundo posible para intentar ofrecer una explicación más precisa de esa ignominia que a tantos nos ha tocado padecer. Un estudio superficial, despojando el fenómeno del entorno de los antecedentes, incluso del juego de las hegemonías presentes en la sociedad en diferentes periodos, no explicaría, convenientemente el fenómeno, al menos en mi caso. Por eso, aún a riesgo de hacerme un poco plomo, que al parecer es uno de los efectos secundarios del MOBBING, con el único fin de intentar aportar elementos que sean útiles en la erradicación del mal, intentaré enmarcar mi experiencia de la forma más precisa.
Están apunto de cumplirse 28 años que trabajo en la empresa. Una empresa grande que, tradicionalmente, ha tenido una sólida organización de los trabajadores, fundamentalmente durante el periodo franquista, lo que en la épica del mundo del trabajo se llamaba la clandestinidad. En esas organizaciones he jugado un activo papel, si bien nunca ha sido el fundamental, ha sido, frecuentemente, notorio. No era el único es evidente, mal hubiéramos ido de ser así, pero en las oficinas, en los tiempos gloriosos, hasta mediados de los ochenta, solo una minoría, llamativa por su extrema pequeñez, mantenía estas posturas. A partir de esa fecha, en el sector de los técnicos y administrativos, la mejor expresión es la nada. Hoy puedo preguntarme, sin amargura ni reproche, de que sirvieron tantos sinsabores, tantas batallas banales.
Como es evidente, nunca esperé un trato de favor, más bien al contrario, yo era perfectamente consciente de que pensar uno con cabeza propia, adherirse a organizaciones contrarias con todo el amparo constitucional y con todo lo que se quiera, llevaba aparejada una penalización, una carga que, por lo que he podido ver, se arrastra de por vida. En cualquier caso, y con estos antecedentes pero ya tras un largo periodo de inactividad, la empresa un buen día decide cambiar mi función y me asigna un trabajo al parecer codiciado por otro. Este es el principio del acoso. Estamos en 1988.
En el verano del 88 la empresa es comprada por una multinacional. Tarda un año en iniciar la escabechina, con la colaboración activa de renombrados ejecutivos locales, buenos chicos. Siempre nos dicen, claro está que de forma sibilina, que ellos son los buenos, los malos son los extranjeros. Entre el último trimestre del 88 y el verano del 90 se liquida el 34% de la plantilla de la empresa. Los números pueden darlos los expertos, los nombres y apellidos necesarios los ponen los que conocen el asunto de cerca, los que conocen a la gente. Se inicia entonces una etapa de dirección asumida por ejecutivos extranjeros en su vértice, pero con una notable y decisiva segunda escala copada por ejecutivos locales que practican habitualmente el doble juego de la sumisión y el entreguismo por una parte y la espera de la revancha por otra. Este elemento en apariencia tan banal va a jugar un papel decisivo en mi particular afección del hostigamiento. La manipulación de las fidelidades; la mala intención; la perversión de las conductas, la ocultación de la ineptitud, las ambiciones insatisfechas. Todo se junta en un cóctel que se manifiesta tempranamente como una clara estrategia de acoso.
La empresa decide, sin consulta previa, asignarme un trabajo considerado de cierta envergadura. Aun no ha sido vendida a la multinacional extranjera. Son ejecutivos locales los que deciden mi cambio. Ni que decir tiene que me entrego a mi nuevo trabajo con tantos bríos como soy capaz. En él, y en estas condiciones, me encuentra el cambio de titularidad. Se encuentran, al menos en mi caso, con un hecho, podríamos decir, consumado. La nueva dirección, uno de cuyos ejecutivos extranjeros sume la dirección del departamento en el que yo trabajo, continúa, con el esquema encontrado, no obstante la necesidad, según la nueva dirección, de una reorganización de los medios hace que, al menos funcionalmente, mi gestión asuma un papel más importante, siempre dentro de los límites de la modestia, por supuesto. En esas condiciones el hostigamiento, se limita a la retirada del saludo y a crear un ambiente hostil. La dirección no hace nada pero no secunda al acosador principal, una de aquellas personas tan versátiles como para ser confidentes de todos los bandos a un tiempo, capaz de encender una vela a dios y otra al diablo. Una alhaja a la que ya le han dicho, los ejecutivos locales, que no ha hecho nada en los dos últimos años y es la última oportunidad que le dan.
El problema cobra bríos a partir del año 96. ya se han marchado los ejecutivos extranjeros así como el jefe del departamento que reclamó mi colaboración. El nuevo jefe bien porque tiene que hacer méritos, o bien por antipatía personal, va a jugar un papel determinante. Se va a agudizar el acoso, hasta situarlo, en estos momentos, en lo que técnicamente se considera tercera fase (La tercera fase ocurre cuando la situación es reconocida y manejada por la oficina de personal de la empresa, es decir cuando el caso pasa a ser oficial. Muy a menudo cuando se indagan a sus colegas y jefes para solicitarles información al respecto, estos penalizan a la víctima y aducen que la causa principal del problema es su personalidad y carácter, descalificando cualquier opinión o juicio que ésta pueda haber generado.).
LOS PERSONAJES.
La primera característica del acoso en mi caso particular es que no nace de la dirección. A pesar de haber jugado, a veces imprudentemente, un determinado papel en opciones políticas contrarias a las sabidas propias de la empresa y a pesar de haber jugado un determinado papel en el seno de un sindicato de amplia implantación, la presión, el acoso, no nace de la dirección. En esos momentos la hegemonía moral está en mano de las organizaciones sindicales, la empresa tiene que transigir.
Hasta el momento de decidirse el cambio en mis funciones el ambiente del departamento es normal, puede decirse que es incluso bueno, las relaciones son de cierta cordialidad, las bromas son frecuentes, pero también es cierto que las ambiciones ya están desatadas. Mis relaciones con los personajes (dos) que posteriormente mostrarán su talante degenerado y perverso, son buenas, con el principal de ellos son incluso de cierta intimidad.
Personaje A
Dotado de una particular capacidad para la manipulación y la conspiración, desdeñando a cuantos a su alrededor se posan, a los que imputa mediocridad (cuando no estupidez), este individuo es incapaz de hacer la más elemental de las funciones que tiene asignadas en la empresa. No importa, su conocida y reconocida ineptitud nunca le producirá el más pequeño obstáculo, bueno siempre no es cierto, en una ocasión si se lo produjo, fue en 1988, poco antes de que la empresa fuera vendida a la multinacional. Los responsables, locales, del departamento se atreven a decirle: tu gestión no es que haya sido mala, es que no has hecho nada en los dos últimos años. Todo queda en ese dicho. Inmediatamente se ponen en marcha los mecanismos de compadreo, el espíritu de tribu, toda la capacidad manipuladora para echar tierra sobre esa leve falta detectada en los dos últimos años pero que, por lo visto, se arrastra desde la más temprana época de incorporación a la empresa. Un gandul e incompetente desde e primer día, pero eso sí: be conectat amb els que manan entre bastidores, y puede presentar <<pedigrí de fet diferencial>>. El valor trabajo del que tanto blasona esta sociedad se muestra como una consigna, como algo irrelevante cuando la incuria se puede imputar a uno de los suyos.
Personaje B
Siempre cobijado a la sombra del jefe, este personaje es el típico pelota, su proyecto es esperar a que se jubile el jefe ¿a que se muera quizás? para heredar su puesto. No obstante, como no ve prosperar de forma decisiva su carrera, ya lleva 20 años de baboseo sin resultados tangibles, se cuida muy celosamente de señalar al jefe la ineptitud y la incuria del personaje A, señalando lo injusto de su situación, en comparación con el otro claro está.
Cuando finalmente me asignan a mí la tarea que el tanto anhelaba sufre un ataque de celos y une su fortuna, con buenos resultados, a la del personaje A, que a su vez lo necesita para cubrir la inmensa laguna de su ineptitud y como aliado para el plan perverso de ocultar su incompetencia y su vagancia mediante la elevación de una campaña de calumnias además de procurarse la cobertura de los valores nacionales imperantes por estos pagos: <<el fet diferencial como discriminación positiva>>, del tenor: Soc daqui i per lo tant no estic en qüestió, o bien: no puc se un vago per que soc daquí.
Lo realmente cierto es que relaciones que hasta el momento eran buenas, en concreto con el personaje A eran muy buenas (no así entre los personajes A y B, que se tienen una sabida y mutua animadversión), repentinamente y sin mediar altercado o hecho alguno que no fuera el de mi cambio de trabajo y el toque de atención al personaje A (no es que lo que has hecho esté mal, lo que sucede es que no has hecho nada en los dos últimos años), se convierten en una relaciones tirantes, hasta incluso explosivas, que han dominado la escena a partir del año 89 90 hasta hoy.
El personaje C
Hacia el inicio de la segunda mitad de la década pasada se produce un cambio total en la dirección del departamento. El nuevo jefe del departamento va a actuar como catalizador, como elemento dinamizador del conflicto. Se inicia un proceso que concluirá con mi salida de la empresa. La actitud marcadamente hostil que hacia mí va a mantener de forma constante el nuevo jefe llegará un momento que se tornará irresistible, punto final de trayecto. Hoy, cuando escribo estas líneas, ya estoy fuera de la empresa. No he tenido más remedio que aceptar la menos mala de las soluciones, pactar el despido.
Hasta el año 96 mi relación con la dirección del departamento es muy buena. Solo proponen objetivos y exigen resultados, no les interesan otros aspectos. Si yo consigo consolidarme en el puesto es justamente por que obtengo buenos resultados. Mi gestión se aprecia y mi sueldo, aunque modestamente, mejora. A partir del mismo momento en que es cambiada la dirección, la necesidad de legitimación que necesita el nuevo jefe la va a obtener en los círculos de poder profundamente penetrados por los valores tribales y que ven como a uno de los suyos al personaje A. Se aplicará con celo a conseguir esa legitimación. Hoy estoy en la calle.
Desde el año 96 hasta el momento el calvario ha sido constante; la ayuda sindical nula. Era yo y solo yo, frente a la presión del acoso y la indiferencia de los compañeros del sindicato. El presidente y el secretario del comité de empresa tienen conocimiento de los hechos, y sobre todo el presidente, cuando por la información que voy recopilando sobre el mobbing le señalo la evidencia de los hechos y la similitud, cuando no identidad, entre los hechos que he de soportar y los clásicos del hostigamiento solo consigo una sonrisa de suficiencia como diciendo que eso ya lo sabe, que esas cosas pasan, pero que no se puede hacer nada. Concluyendo: la lucha de uno solo contra la injusticia y el oprobio hasta que el cuerpo aguante. Y el cuerpo llegó un momento que no resistió más. Los <<practicantes el MOBBING>>, esos hijos de puta, se han salido con la suya.

Sabadell 30 de Abril de 2002
Roibarro
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