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A continuación, voy a relataros mi experiencia, y me gustaría que sirviera para que otros trabajadores, que se pueden encontrar en una situación similar, puedan reconocer la situación y luchar contra ella.
Soy Licenciada en Derecho, y el año pasado se me presentó la oportunidad de trabajar en la especialización que más me gusta. Una oficina jurídica me proporcionó la posibilidad de desarrollar mis conocimientos con ellos. Mi trabajo consistía en atender al público demandante de consultas y dudas, en encargarme de traducciones, y en realizar labores burocrático-administrativas propias de cualquier oficina. Mi contrato tenía una duración inicial de 6 meses, con posibilidad de prórroga. Cuando entré, las cosas no podían irme mejor en mi nuevo trabajo. Pero, el problema se presentó, cuando a los 15 días de mi incorporación, regresó de vacaciones una de las empleadas. Al principio, su actitud hacia mí consistía en miradas despectivas, pero yo pensé que todo era producto de mi imaginación, y decidí no concederle mayor importancia. Posteriormente, esta situación fue empeorando hasta llegar a extermos insoportables. La citada "persona" aprovechaba cualquier situación para dejarme en ridículo y para desacreditarme profesionalmente delante del resto de empleados. Sus comentarios, sus miradas, sus referencias hacia mí eran continuos ataques a mi integridad moral y anímica,-incluso llegó a amenazarme físicamente en una ocasión-, y no le importaba que personas que acudían a la oficina a resolver sus dudas, fueran testigos de sus humillaciones y vejaciones. Según ella, yo todo lo hacía mal: las consultas, los recados que se me encomendaban , las traducciones, e incluso, el hecho de haber perdido una llamada telefónica, situación en la que se puso tan furiosa que logró que perdiera los papeles y comenzara a llorar. El máximo castigo y mi hundimiento-como trabajadora y como persona- llegó el día en la que ella comentó delante de la persona que asumía la dirección mis fallos, aprovechando para vanagloriarse, consiguiendo que aquélla le diera la razón. A partir de ste momento, todo comenzó a empeorar, aunque el pozo en el que estaba sumida era tan hondo, que pensaba que la situación no podía ser más negativa. Como consecuencia de todo ello, mis funciones iniciales disminuyeron de tal modo, que yo ya no hacía nada de provecho en el ámbito laboral. La mayor parte del trabajo de consultas y burocrático lo hacía la otra empleada que estaba en la oficina, las traducciones se las encomendaron a otras personas, y mi única función era acudir a realizar recados al Banco, a Correos y a tirar la basura que sobraba en la época en la que se acometieron una serie de obras. Por no tener, ni siquiera tenía sitio físico para desarrollar mi "cometido": mi mesa de trabajo se convirtió en un rincón y una silla. Ni siquiera podía tocar ninguno de los ordenadores que estaban en la oficina. Todo esto se tradujo en una fuerte depresión, en un agrandamiento de mi complejo de culpabilidad , y en pensar que me merecía todo lo que me estaba sucediendo, bajando mi autoestima hasta un nivel ínfimo. En el plano físico, mi salud se deterioró bastante, y tuve que solicitar ayuda médica.
Aparte de esto, puedo decir que hubo otro comportamiento que me afectó tanto o más que el descrito: la pasividad del resto de los empleados. Ellos nunca dijeron nada; sólo callaban, miraban, y, se reían de las "gracias" de la agresora, de las que, como no podía ser de otro modo, yo era objeto. Cuando me comunicaron que no me iban a renovar el contrato, mis sentimientos fueron contradictorios: sentí una tremenda humillación, una rabia que no podía expresar, una impotencia que se agrandaba, pero, al mismo tiempo sentí alivio, ya que sabía que ya no sentiría la angustia de levantarme cada mañana para acudir al infierno en su estado puro, y que no volvería a preguntarme, minutos antes de atravesar la puerta del trabajo, cuál iba a ser el ataque de mi enemigo, qué me diría, cómo actuaría.
Me costó mucho reponerme de todo esto, tanto en el plano físico, como psicológico: mi salud tardó meses en normalizarse, y creo que no me equivoco si digo que el tauma que te ocasiona esta vivencia no desaparece nunca, porque todavía me pregunto porqué a mí, y qué había hecho yo para recibir semejante trato.
No voy a extenderme más. Sólo espero y deseo que se dé, a este problema, la cobertura social y jurídica que merece.

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