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"Ya no soy la misma persona con la que te casaste", repetía Sergio Alvarez Fernández a su esposa, Paloma, cuando trataba de buscar una explicación al cambio experimentado en su carácter a raíz de que empezara a sufrir los efectos del mobbing. Su caso presenta la peculiaridad de que sus presuntos acosadores eran sus primos que, a su vez, eran sus jefes.
Sergio Alvarez sabe definir de carrerilla, sin necesidad de recurrir a ningún manual teórico, lo que se siente cuando uno cae en picado en una depresión y lo que cuesta salir a flote. Consciente de que su experiencia personal puede servir de ayuda para que otras personas puedan detectar a tiempo los síntomas y luchen por recuperarse, está siempre dispuesto a echar una mano a las personas que acuden a la Asociación Asturiana contra el Acoso Psicológico en el Trabajo (ASASCAPT), que preside.
EL HOSTIGAMIENTO Jefe administrativo en un negocio familiar de maderas fundado por su abuelo, Sergio Alvarez trabajó en el negocio familiar desde junio de 1994 hasta el 31 de enero de 2002, cuando le despidieron sus primos, que ocupaban los cargos de gerente y jefa administrativa. "Desde el primer momento, me aceptaron muy mal porque me veían como alguien impuesto. Yo era contable y entré para reemplazar a la persona que me precedió por jubilación. Salvo el primer mes, que fue relativamente tranquilo, los siete años y medio restantes sufrí un hostigamiento continuo", relata Sergio Alvarez que como circunstancia agravante tenía ubicado su centro de trabajo en el mismo inmueble que su domicilio.
La empresa familiar había sido heredada por el padre de Sergio Alvarez y dos de sus tíos. Su impresión personal es que el objetivo de sus familiares era cerrar el negocio y vender el solar, una pretensión a la que él se oponía. Las rencillas familiares no tardaron en hacer saltar las chispas. "Me empezaron a hacer la vida imposible. Me hipervigilaban. No les gustó nada que hiciera un máster en dirección de empresas ni que subiera mi nivel formativo. A pesar de ser el jefe administrativo, nunca me dejaron controlar la caja para un arqueo", ilustra como ejemplo.
LOS VIDEOJUEGOS Lejos de mejorar, la tirantez que se respiraba en el ambiente laboral se incrementó con el paso del tiempo. El 20 de noviembre de 1998 murió su padre y, según describe Sergio Alvarez, los maltratos psicológicos empezaron a hacerse evidentes. "Al día siguiente de enterrar a mi padre, mi primo empezó a insultarme. Me decía a gritos que no servía para nada", expone como muestra del inicio de la campaña de desprestigio profesional emprendida por sus presuntos acosadores para minar su confianza y seguridad e iniciar la caída de su autoestima.
Los problemas que Sergio Alvarez tenía con sus primos se hacían extensivos a uno de sus sobrinos, según indica. "Mi sobrino configuró su terminal para videojuegos. Se pasaba el día jugando en horas laborales e impedía que funcionara mi impresora", sostiene. Su primo le dio la razón al sobrino cuando solicitó que le advirtieran para que no bloqueara la impresora. "Su reacción fue cargar contra mí. Contrataron a otro contable supuestamente para que me ayudara, cuando me sentía sobrado de recursos e incluso me sobraba tiempo para hacer el trabajo asignado", asevera.
La tensión con la que afrontaba cada jornada laboral llevó a Sergio Alvarez a solicitar por dos veces consecutivas --en 1997 y 1999-- una baja. En sus trabajos anteriores como contable en el sector de la banca, nunca había vivido situaciones similares. Sergio Alvarez admite su decepción por el "poco interés" mostrado por la Inspección de Trabajo a la denuncia que presentó, el 26 de enero de 2000, cuando ya no pudo aguantar más. "Ese mismo día denuncié mi caso, pero la Inspección ni levantó acta", recalca.
Sergio Alvarez admite que encontró uno de sus principales bálsamos en la Biblia y que hubo un momento en que decidió blindarse psicológicamente. "Cogí el alta laboral. Tras la denuncia que había puesto, mi primo me agredió y dí parte en la Mutua y en la comisaría. Al día siguiente, mi sobrino, el mismo de los videojuegos, me entregó la carta de despido".
Asegura que ha salido adelante porque es una persona muy activa y buscó ocupar su cabeza con otras actividades. "Me dediqué a aprender hebreo y a otras actividades sociales y me ha servido de mucho", corrobora. Una vez que su despido fue declarado improcedente, sus familiares optaron por la vía de la indemnización para no tener que seguir viéndole cada día en el trabajo. Mantiene que no guarda rencor, pero advierte que las secuelas que sufre son equiparables a las de las víctimas de la violencia de género. "El problema es que me ha ocurrido a una edad en que las empresas ni siquiera contestan a los curriculums y yo estoy ágil para trabajar. Y eso, quieras o no, cambia el carácter". Por eso, aún hay veces en que repite a su esposa que no es el mismo que conoció cuando se casó.

La Voz de Asturias
15 de febrero de 2004
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