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Acoso psicológico

 
 


Mobbing: el mal de la mediocridad
JAVIER MARÍN CEBALLOS

 

Cuando no está psico-pateando a alguien ¿qué es lo que hace un psicópata? ¿A qué dedica el tiempo libre entre fechoría y fechoría? ¿En qué lugar se encaprichó de ti?

Del mismo modo que no todos los futbolistas son Karenbés multimillonarios, tampoco todos los psicópatas son asesinos en serie tipo Aníbal el Caníbal Lecter. Hay por ahí muchos lunáticos de segunda B, violadores fracasados, perturbados a tiempo parcial, hijos de puta de pacotilla, que, incapaces de disfrutar con otra cosa, joden aquí y allá lo que se va pudiendo.

Después de un terrible crimen, los periodistas siempre preguntan a los vecinos que cómo era el asesino en comunidad. Los vecinos, también extremadamente originales, suelen responder a coro que muy normal. «Era un ciudadano simpatiquísimo, con su perenne ‘buenas tardes’ en el ascensor. No comprendo cómo fue capaz de partir en pedacitos con el cortaúñas a toda su familia y hacer con ellos carne mechada; con qué frialdad nos ofrecía la bandeja para que repitiéramos». Muchos de esos campechanos psicópatas de baja estofa se refugian en los despachos y se dedican a acosar a sus subordinados. Para los de arriba y los de fuera son amabilísimos (aunque si se fijaran un poco se notaría a la legua el tufo oportunista y la falsa sonrisa), pero para los de abajo son un infierno.

Tengo un amigo que tiene un primo que dice que es víctima de acoso moral en su trabajo. Ninguno nos lo creíamos del todo. Eso sólo pasa en los periódicos. Es como cuando uno ve por la tele un asalto a un banco con rehenes y todo y el comisario diciendo por el megáfono ríndanse, están rodeados, y los ladrones piden un helicóptero y..., en fin, eso sólo les pasa a los otros, nunca a nosotros.

Por mucho que digan en las noticias que nosecuantos miles de españoles (una vez descartados los problemas laborales corrientes o el victimismo) sufren el acoso de sus sádicos jefes, no nos damos por aludidos. Nos suena como un tornado en Kansas City: lejano y poco preocupante. Hasta que un mal día te pilla el toro (a ti o a alguien cercano a ti), te asalta un yonki con una jeringuilla, te pescas una legionella en el supermercado o te das cuenta de que tu jefe se dedica de modo sistemático a hacerte la vida imposible. El mundo cambia, y se pasa al otro lado, al lado oscuro de la estadística, al lado de las víctimas ignoradas y abandonadas a su mala suerte. Porque esta en una de las primeras cosas que dicen que ocurre: la falta de apoyos e incluso la permisividad de los compañeros. El silencio de los corderos.

El acoso no es una broma, es un proceso meticuloso de destrucción con pequeñas actuaciones que, aisladas, podrían parecer anodinas, pero, repetidas constantemente, tienen efectos devastadores. El caldo de cultivo para que estas mierdecillas de psicópatas prosperen es un sistema cultural que funciona según la ley del más fuerte (o del más indecente), en el que el éxito es el valor principal, mientras que la honradez se presenta como una debilidad.

Dicen los psiquiatras que se trata de una «forma asexual de perversión» (el acoso sexual es otra auténtica lacra cometida por los mismos perros aunque con distintos collares, de la que hablaremos próximamente), y hay quienes describen el acoso como resultado de la «mediocridad inoperante activa», un trastorno de la personalidad caracterizado por el ansia patológica de notoriedad, que llega hasta la impostura (apropiación del mérito de las víctimas), y, sobre todo, por una intensa envidia hacia la excelencia ajena, que procura destruir por todos los medios.

Las víctimas suelen ser trabajadores brillantes, con algún talento especial y alto grado de honradez: mezcla explosiva que despierta los celos profesionales de este tipo de enfermos, pues el acoso moral es la enfermedad de la mediocridad.

Los departamentos de personal deben estar para algo más que tramitar las nóminas: deben abrir sus puertas para escuchar a las víctimas y detectar a los culpables. Hoy puede ser un gran día para desenmascarar a estos psicópatas de oficina y empezar a apoyar a los acosados.

La Verdad.es
Mayo 2002

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