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"PÍSEME BIEN EL COGOTE,JEFE"
Por Javier Marías
Periodista y escritor

 

Me he preguntado aquí muchas veces cómo es posible que tantas cosas funcionen y se hagan tan mal; que se dé tanta chapuza, incompetencia, desgana y meteduras de pata en todos los terrenos públicos y privados. Y mi sorpresa no supone, por lo general, menos trabajo ni esfuerzo que hacerlas bien, e incluso puede implicar más si alguien no se contenta y obliga a repetir, a rectificar, a deshacer y enmendar. Pero he comprendido últimamente uno de los porqués de esta plaga universal, que en España es endémica además: el trabajo bien hecho ya no interesa en sí mismo a quienes lo encargan y pagan por él. Ser un "buen profesional", que hasta hace unos años parecía el no va más, tanto para un fontanero como para un poeta, no es hoy un valor. No ayuda a triunfar, y ni siquiera a conservar el empleo. Lo que se premia es algo distinto. Les pondré un ejemplo muy claro y que yo he vivido. Trasládenlo ustedes a cualquier otro campo o actividad.

Hay un traductor muy bueno. Como lo es, cobra algo más de lo normal (siempre poco, es una profesión despreciada y jodida). La actual Ley de Propiedad Intelectual estipula que lols traductores llevn un pequeñísimo porcentaje (a veces menos de un 1%) sobre las ventas de la obra que, gracias a él, ustedes leen y entienden. Pero muchos editores -sobre todo los que presumen de "independientes" e "izquierdistas": desconfíen de ellos; si se jactan de eso, es que son unos fascistas de espíritu, y tiburones capitalistas- deciden incumplir la ley. La mayoría de los traductores, aun sabiendo que tienen derecho a ese porcntaje mínimo, aceptan las abusivas prácticas del editor: renuncian y no rechistan, porque temen no volver a ser contratados. El traductor muy bueno sí se atreve (figúrense qué osadía) a reclamar lo que le pertenece, tal vez confiado en que su alto nivel será bastante para que el editor quiera conservarlo y se avenga a cumplir...con lo que la ley le ordena, nada más. No será así. El editor no volverá a contar con alguien que, por bueno que sea, le exige algo legítimo pero que a él le revienta y le da la gana de pasarse por el forro de sus millones, que así, además, se incrementarán. Pero, podrían decirme (y me decía yo hasta hace nada), ¿no le compensa a ese empresario cumplir, gastar un poco más, y asegurarse a cambio la bondad de sus traduccciones? Ahí está la cuestión: al editor eso le importa un carajo -también a los "exquisitos" y a los que van de último mohicano de la "calidad"-. Si le consta que un traductor es bueno, o más bien: si el buen nombre de éste puede redundar en beneficio de la imagen de su editorial, preferirá contar con él. Pero siempre y cuando se deje pisotear, estafar, robar y humillar como otros mil que son mediocres, o que están empezando, o que no son de fiar. La actitud de los empresarios (generalizo, claro que hay excepciones) equivale a estas frases: "Fuera hay gente haciendo cola para hacer lo que tú tienes el privilegio de hacer. Es un favor que te hago, permitir que te deslomes para beneficiarme a mi". Y así el editor preferirá siempre a un manta que no le plantee problemas (un decir: el problema en realidad lo plantea él, al incumplir la ley aprovechándose de su posición de fuerza: ese es el espíritu fascista). Extráigase el corolario: hacer bien las cosas no sirve de nada hoy en día, si la eficacia no va acompañada de la más absoluta sumisión al patrono, de la apenas disimulada esclavización del empleado.

¿Por qué creen que la mayoría de los trabajadores se están en el tajo hasta que al jefe le da la gana, aunque hayan superado sus ocho horas pactadas? Ya puede ser competente cada trabajador en lo suyo, que si no complace al patrón, éste lo despedirá tan tranquilo a cambio de algún inepto dócil y adulador. Y al revés: yo me pregunto a menudo cómo tal o cual incapaz permanece en su puesto, cuando salta a la vista que es un negado y es de suponer que sus fallos perjudicarán a su empresa.

La respuesta no varía: a ésta le importan un carajo los fallos, si los comete un manso dispuesto a lamer los pies de la junta de accionistas en pleno. ¿Que hay quejas, reclamaciones, protestas? Bueno, ustedes saaben, por propia experiencia, dónde suelen ir hoy en día a parar. Y en cambio, los empresarios no tienen personas dignas que les vengan con reivindicaciones, o les recuerden convenios laborales ya existentes y legales; disponen de un personal al que pueden machacar a lo bestia, y del que prescinden en cuanto la cuerda se acaba, como si se tratara de herramientas. ¿Ya no marcha esta secretaria, este contable, este repartidor? Se tiran y se adquieen unos nuevos, el margen de beneficios nos permite comprar dos mil si queremos. Obedientes, callados y agradecidos, así se buscan los empleados de hoy. Con espíritu de felpudo y de espejito de madrastra de Blancanieves: Sí, jefe, píseme bien el cogote, que las suelas de sus botas huelen de maravilla, y que me aplasten es un placer; usted es que en todo es un hacha, un tipo en verdad genial. Y si esto es lo más apreciado y recompensado, ¿quién va a molestarse, además, en trabajar bien?.

Jefe, vaya a pisarle el cogote a...

El Semanal
21 de abril de 2002

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