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La nueva plaga laboral del siglo XXI
Quién no ha oído hablar en los últimos meses sobre el mobbing o acoso psicológico en el trabajo. Se realizan jornadas, congresos, se escriben artículos y abren debates sobre una situación que sufren cientos, miles de trabajadores en el mundo, y en nuestro país, originando problemas que por su gravedad pueden llegar hasta el suicidio.
La primera vez que se utilizó el término mobbing para definir un estado de ataque o agresión psicológico en el trabajo, fue por parte del psicólogo sueco Heinz Leyman, y lo definió como el hostigamiento que se presenta hacia algunos trabajadores en muchas empresas, o bien por parte de sus propios compañeros, o lo que es más habitual y también con un grado de gravedad mayor, por parte de sus superiores. Este hostigamiento suele tener varias fases, y se presenta de forma diversa, pero siempre conduce a una situación de acoso y derribo del trabajador, aislando a la víctima del ambiente laboral, penalizándole profesionalmente, y conduciéndole poco a poco a un decaimiento del funcionamiento de su trabajo, que le puede originar el abandono voluntario del mismo, o incluso al despido. Las consecuencias de todo esto en lo fisiológico y psicológico pueden ser crisis emocionales que le conducen a una depresión, y a producir efectos psicosomáticos de tal gravedad como para llevarlo a la muerte, algunos a través del suicidio.
Por tanto nos enfrentamos a un fenómeno que desgraciadamente empieza a ser habitual en la nueva organización del trabajo, con efectos perversos, y que no siempre tiene la respuesta adecuada ni por parte de las autoridades competentes, ni tampoco por los sindicatos que hablan mucho del mismo pero se ven incapaces de dar soluciones eficaces para su erradicación. Un fenómeno que está produciendo situaciones dramáticas a miles de trabajadores y trabajadoras.
El 'mobbing' o acoso laboral
Éstas eran las breves reflexiones que me hacía sobre el mobbing, hasta que por ironías de la vida hace siete meses empecé a sufrirlo en mis propias carnes. No hay como vivir en vivo y en directo una situación de estas características, para entender que todo lo que uno lee sobre este castigo se queda pequeño, se queda miniaturizado por la realidad.
Todo empezó como consecuencia de mi tajante oposición a una operación mediante la cual el Gobierno de Navarra, que poseía el 100% de las acciones de la empresa en la que trabajo, ONENA, fue trasvasando las mismas de forma en mi opinión perjudicial para los intereses de Navarra y de los propios trabajadores, a un desconocido empresario guipuzcoano, Iñaki Mendizábal. Éste había comprado al mismo tiempo otra empresa navarra, Unibolsa de Tafalla, después del incendio producido en la que poseía anteriormente en Urnieta denominada Embalajes Flexibles de Alava. También Unibolsa ha sufrido dos incendios durante el pasado verano.
Este proceso culminó en la primavera del pasado año 2001 con la privatización cuando menos atípica de ONENA. Las diversas conversaciones que tuve con la consejera Nuria Iturriagagoitia y con José Ignacio Aracama, nuevo director de SODENA, advirtiéndoles que esa operación significaba la pérdida de una cantidad importante de fondos públicos (se habrán aportado varios cientos de millones, especialmente en los pagos de las indemnizaciones para reducir la plantilla en 75 personas entre 1997 y 1998), y la indefensión de la plantilla por las dudas que abrían las características del nuevo empresario, lo único que consiguieron fueron la filtración (nuevamente casual) al nuevo dueño de ONENA de mi posición crítica con esa privatización, y las negativas consecuencias (igualmente casuales) posteriores. ¿Quién y con qué intención filtró todo lo que dije en esas reuniones?
Consecuencias durante estos terribles meses: Exclusión del aprendizaje del nuevo sistema informático esencial para desarrollar mi trabajo, pérdida paulatina (en el mejor estilo de gota china) de los trabajos que desarrollaba hasta llegar a la situación actual en la que estoy ocho horas sin nada que hacer, eliminación de mis instrumentos de trabajo, todo ello sin ninguna explicación, problemas tan esperpénticos como la prohibición de ¡entrar en la fábrica antes de la hora oficial de entrada!, y además de otras cosas menores la que más polémica puede crear por el debate que abre, las casuales dificultades en las salidas que realizo para desarrollar mi trabajo parlamentario, que nunca antes (en los ¡36! años que llevo en ONENA he tenido diversos cargos sindicales y políticos, que he desarrollado procurando no afectar a mi actividad profesional), se habían manifestado, y que originan en el mes de noviembre un descuento en mi nómina, abusivo e ilógico teniendo en cuenta lo anterior.
También parece que ilegal a la vista de lo planteado por la Inspección de Trabajo a la que acudo lógicamente a denunciar el tema, al igual que declara ilegal dejarme sin actividad profesional alguna, abriendo dos expedientes sancionadores a la empresa por faltas graves.
Posteriormente, y como consecuencia del sistema de control (inexistente hasta ahora) de estas salidas al Parlamento, se me abre un expediente por falta muy grave al considerar unilateralmente su retroactividad. Con intento de chantaje político incluido aprovechando la que creen (y se equivocan) facilidad para poder manipular socialmente un tema así. El último (quizás deba decir penúltimo) eslabón en esta cadena de acoso es la amenaza de trasladarme a trabajar en una máquina en el taller (que puedo considerar ilegal, pero tan digno como trabajar en la oficina), que se añade a otro anterior igualmente de traslado, en este caso a Barcelona (?).
¿'Mobbing' con componentes políticas?
Puede que alguien piense que mi caso tenga otros elementos añadidos, especialmente de tipo político, porque las casualidades en la vida no suelen ser tan evidentes. Se podría argumentar que no parece lógico que una situación como la que he relatado se produzca después de muchos años sin ningún problema, y casualmente coincidiendo con una crisis en la relación entre el poder casi absoluto que UPN tiene en nuestra comunidad autónoma, y mi partido, el PSN. Es posible que todo sea fruto de la casualidad, o de mi imaginación, pero también podría pasar que mi situación dé lugar a un nuevo tipo de mobbing, que además de componentes laborales tuviera también algún componente político, aunque sobre esto ya haré mi análisis en próximos días y por otro método diferente al artículo. Ahora simplemente dejo la duda en el aire, y la respuesta como decía Dylan estará en el viento.
Los problemas creados por el desarrollo de mi actividad parlamentaria, además de esa duda abierta de por qué casualmente se dan precisamente ahora en este momento de confrontación abierta UPN-PSN, en la que me siento totalmente cómodo, rompen con una teoría que siempre he defendido, y practicado hasta ahora, de la necesidad de hacer compatible un trabajo con la actividad parlamentaria. Procurando eso sí que ésta afectara lo menos posible a tu empresa. Levantarte a las 6.30 de la mañana, estar en contacto con tus compañeros, y desarrollar una actividad diferente a la política, es no sólo higiénico desde el punto de vista psicológico, sino que también supone un mayor contacto con la sociedad y su problemática. Esta nueva situación puede obligar lamentablemente a replantearse la cuestión, dando la razón a quienes defienden la profesionalización total de la política, o al menos del Parlamento.
Demasiados temas, demasiados e interesantes debates y preguntas para tan poco espacio. He expuesto mi situación muy sintetizada ante los lectores, porque aunque pueda parecer que sólo afecta a la privacidad, en este caso mía, tiene un profundo calado social, laboral, y político.
Hagamos frente al 'mobbing'
Sé que independientemente de la parte que tiene que ver con mi condición de parlamentario, hay muchos trabajadores y trabajadoras que padecen mi misma situación, originando graves problemas en su salud. He querido denunciar mi caso para que la sociedad sea consciente de este terrible problema y reaccione. Desde aquí les animo a luchar con todos los medios a su alcance para acabar con esta lacra del acoso psicológico en el trabajo. Les animo también a denunciarlo con valentía públicamente con nombres y apellidos. A los sindicatos, a los partidos políticos, a tomar conciencia del problema, y aportar soluciones. A la sociedad, a los compañeros, a apoyar a quienes lo sufren. A los empresarios a aislar a quienes desprestigian su actividad con estas vilezas.
Desde mi aparición en un programa de televisión sobre el mobbing, he recibido numerosas llamadas de personas afectadas por esta epidemia. Hay que organizarlas, crear una asociación navarra que las coordine, organice y defienda. Desde los poderes públicos tenemos la obligación de apoyarlas con fondos y con legislación. Entre todos tenemos que acabar con esta lacra que destroza vidas humanas. Por mi parte estoy dispuesto a aportar mi grano de arena en ese empeño.
Hace unos días un compañero que sufría un caso parecido al mío falleció como consecuencia de una enfermedad que tuvo un proceso fulminante. ¿Cuánto de su muerte se debió al mobbing? No lo sé, pero tengo claro que hay muchas formas de matar a una persona, aunque hasta ahora algunas todavía no sean delito, y por tanto no puedan ser juzgadas y condenadas. El pasado domingo circulando de noche por la Autovía del Norte, pensando en el problema, estuve a punto de tener un grave accidente. En el caso de haberlo tenido ¿Quién habría sido el responsable? ¿Habría tenido un castigo? El propio Leyman decía: "En las sociedades altamente industrializadas el lugar de trabajo es el único campo de batalla que queda, donde la gente puede matar a otro sin correr el riesgo de enfrentarse a los tribunales".
¿Debemos caminar por tanto, además de con otras medidas, hacia considerar el mobbing como un delito susceptible de ser denunciado y juzgado por la vía penal? En Francia acaban de aprobar una Ley que así lo permite, por la cual los responsables podrán ser condenados a un año de prisión, más una indemnización a la víctima. A la vista de sus terribles consecuencias, sin ninguna duda en nuestro país debemos seguir el mismo camino, y tener una Ley que tipifique como delito el acoso moral en el trabajo. Conseguir que quien lo practique pueda ir a la cárcel e indemnizar a su víctima.
Es posible que este artículo provoque nuevas vueltas en la tuerca de mi acoso, pero a pesar de ello quiero dejar desde aquí constancia de mi compromiso personal y político en la lucha contra el mobbing. Sé lo que se siente, sensaciones que me han recordado las de cuando me enfrentaba a los interrogatorios de la policía política franquista. Hay quien lo califica como tortura, y coincido con el diagnóstico.
De momento existe ya, presentada por mi grupo parlamentario, una iniciativa en el Parlamento de Navarra.
José Luis Uriz es parlamentario del PSN en el Parlamento de Navarra y trabajador de ONE.

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