Las vacaciones, además de para coger color, deben usarse para coger fuelle y prepararse para el segundo asalto del combate contra los efectos demoledores del mobbing o persecución en el trabajo que arrolla a más de dos millones de españoles. Iñaki Piñuel, pionero en nuestro país de la investigación de esta epidemia de estrés que causa en la UE una sangría de 20.000 millones de euros al año, da las pautas para rentabilizar la ventaja que,frente al agresor, nos otorga el merecidísimo descanso.
Con el pecho pegado al volante de su Citrôen, bajó la cabeza y se deshizo en lágrimas delante de las niñas. No podía más. Pero, ¿qué había hecho ella para merecer esto? «Es tan amable con todos que a quién se lo cuente no se lo cree. Es como si fuera dos personas distintas: el tipo simpático que asiste a las reuniones y el que me espera agazapado a pocos metros de la puerta de la oficina para seguir mis pasos. Y ¿qué hago yo, qué puedo hacer?». Desmadejada, la directora de una sucursal bancaria en Madrid reconvertida en «cajera bajo sospecha» de una oficina periférica por obra del verdugo de su jefe, se cuela por el desagüe del victimario del mobbing, hecha añicos a golpe de acoso y derribo. Es la penúltima pieza cobrada destinada a engrosar ese 15 por ciento de la población activa que padece esta tiranía o los porcentajes, entre el 50 y el 60, del absentismo laboral por estrés, que según la IV Encuesta Nacional de Condiciones de Trabajo afecta especialmente a los sectores de servicios sociales, administración y banca. En suma, un daño tal que los europeos deben gastar el 3 por ciento del PIB de la Unión para curar el desaguisado.
Herramienta del nazismo Cunde pues como la peste el estrés laboral y el mobbing mientras engorda en la misma proporción la inquietud de los mortales ante este peligro. De ello da fe la última hornada editorial en España de la que han salido tres nuevos libros sobre y por el mal de este acoso en el trabajo. El que firma Gerardo Mediavilla, cuyo amparo judicial frente al Ayuntamiento de Madrid sentó jurisprudencia en nuestro país, o el titulado «Acoso moral, miedo y sufrimiento. Eichman en la globalización», de Cruz Blanco, donde se relaciona la actuación de los acosadores laborales con los oficiales nazis que «obedecían a cualquier precio y eliminaban al prójimo triturándole psicológicamente». El tercero en concordia, sin embargo, «Manual de Autoayuda» del investigador Iñaki Piñuel, que durante dos décadas se dedicó a la formación de directivos, da un paso más allá y desentraña el meollo de la cuestión en la remontada, que no es sino conservar la cabeza aprovechando el distanciamiento que proporcionan las vacaciones.
Porque tal es la dimensión del problema y la aflición que embarga a tantos y tantos que la sala en que el sicólogo recibe a Los Domingos de ABC se ha convertido en un confesionario. «Vienen a entrevistarme ?me dice? y acaban contándome su problema. O el de un familiar o un conocido. Sabrá que en su profesión ?señala? hay muchos casos».
No va en el salario
En verano ?explica Piñuel? es cuando uno se replantea todo y hace balance. El acoso en el trabajo es un problema que típicamente acaba manifestándose cuando rompes en los periodos vacacionales con el ritmo habitual. Porque la persona aguanta y aguanta y llegan las vacaciones y se pregunta: ¿pero qué me está pasando? O simplemente se da cuenta de que estando un mes sin ir al trabajo todo los síntomas remiten».
Como primera medida al borde de esta sima, el sicólogo aconseja que la víctima deje de trivializar lo que le ocurre, «es preciso dejar de decirse ?esto es normal?, ?esto va en el salario?, ?se lo hacen a todo el mundo?, ?quién no ha pasado por esto??... porque esos planteamientos no identifican el mal como tal y lo propagan. Por eso es excelente la llegada de las vacaciones, salir del ambiente tóxico, como si estuviera expuesto a una sustancia cancerígena, en el que se le hostiga, ningunea, humilla y degrada y, además, se le hace todo eso con su propia ?participación?, ya que el trabajador se autoinculpa, piensa que algo malo habrá hecho, en qué se habrá equivocado, y, no encontrando nada, empieza a somatizar el daño. En vacaciones, esa somatización es la que remite en primer lugar: resulta que la gente sale del trabajo y síntomas como dolores musculares, cefaleas o insomnio empiezan a remitir; es cuando cae en la cuenta de que las vacaciones le están sentando muy bien; pero no es exactamente por eso, sino porque se ha librado del entorno pernicioso que le destruye».
Cuando uno hace repaso de la gente que se ha encontrado en su devenir profesional encantada de ir a trabajar y sólo salen a relucir unos pocos ?la famosa excepción? la pregunta inmediata a Piñuel es si la razón no estará en la propia esencia del empleo, que hace que unos sean «tóxicos» y otros no. Entonces el experto explica que «un trabajo tiene requerimientos y puede llegar a generar estrés; pero otra cosa es el mobbing, que es una persecución, un comportamiento que busca ir a destruir a un trabajador, a excluirle, y, desde luego, no es parte de ningún empleo expulsar al que hace el trabajo, como no es parte del trabajo que te destruyan por trabajar, y eso nunca puede ser admitido como parte del salario. Porque cuando hablamos de las somatizaciones que provoca este acoso hablamos de cosas muy graves y no de que le duele a uno un poco la espalda por estrés. Hay víctimas de acoso que hacen cardiopatías y cánceres; hay gente que se pone al volante de su coche y se suicida, y muchos de ellos no tienen siquiera conocimiento de la causa, piensan que están enfermos, que no pueden con sus vidas, con sus tabajos, que, simplemente, están deprimidos».
¿Qué hice para merecerlo?
Ante este panorama acongojante, ¿hay alguien que pueda merecer un acoso así? Piñuel es tajante: «No hay nada que una persona haya hecho para merecer eso. La víctima de mobbing siempre es inocente. No sólo es que no haya hecho nada para sufrir esta agresión sino que, precisamente, lo que explica que se le haga mobbing es que no se le puede despedir alegando que desempeña mal su trabajo, porque realmente se trata de un empleado brillante, válido, al que sólo se puede eliminar por técnicas perversas».
Puesta la situación sobre la mesa, la segunda cuestión es identificar plenamente al agresor, un elemento envidioso, ruin y miserable, cuyo perfil, sin ninguna duda para este experto es el de un psicópata, que padece en muchísimos casos un trastorno narcisista de la personalidad. «Son personas que viven un profundo complejo de inferioridad, piensan que no poseen ningún valor que pueda justificar el puesto de trabajo que ocupan y que se comportan acreditando todo lo contrario con grandes declaraciones acerca de lo que valen; unos escaparatistas que cuidan al máximo su físico, exhiben trajes, cabezas de peluquería, relojes caros... lo que sea con tal de mostrar el valor supuesto de las personas que los poseen; además, tienden a rodearse en sus equipos de trabajadores mucho más mediocres que ellos, que no les amenazan profesionalmente, generalmente, trepas y pelotas. Igual que el psicópata criminal, el ?psicópata organizacional? mata, aunque psicológicamente, sin atisbo de sentir culpabilidad, y a la vez con enorme capacidad de encantar a la gente, hasta el punto de colárseles a los psicólogos en las selecciones laborales y a los altos ejecutivos; trepan rápidamente, llegan arriba, y entonces sus efectos son demoledores».
La camisa ya no nos llega al cuello. Agobiados, en el despacho-confesionario de Piñuel, le pedimos la fórmula para acabar con semejantes monstruos. «Es complicado, pero la clave está en que las víctimas de mobbing hagan frente a su verdugo. Mirar a otro lado, pensar que no hay mal que cien años dure, que se le pasará, que a ver si le promocionan, que... ¡a ver si se muere! Pués no queda. Todo el mensaje central es romper esa unanimidad contra la víctima que el psicópata ha logrado.
Cuando el psicólogo nos ha puesto los pelos de punta y la indignación al rojo vivo nos da la puntilla: pide que la víctima no use jamás las armas del acosador «porque en la defensa de la causa del mobbing la dimensión ética es fundamental. Los papeles de víctimas y agresores no son intercambiables. No es lo mismo luchar contra el mobbing sabiendo que el comportamiento que realizan los acosadores es injusto y la víctima inocente, que con la relatividad moral creer que si tú me has puteado, pues yo voy a destruirte. En la curación sicológica de la víctima es fundamental subrayar su inocencia, porque eso le dará fuerza para luchar».
Y nosotros nos preguntamos ¿y a quién no le han hecho la vida imposible en su trabajo? Entonces el investigador salta: «¡Pero en nombre de qué va a ser normal que te destruyan en tu puesto laboral! Que sea un problema de siempre no quiere decir que haya que trivializarlo. He descubierto en los salmos de la Biblia descripciones ?de libro? de acoso moral que padecía el salmista. Y ahí está la historia de Caín y Abel. ¿Por qué mató el primero al segundo? Ni más ni menos que por envidia, la causa última del mobbing».